¿Qué pasa cuando dejamos de engañarnos a nosotras mismas?

Bueno, la imagen lo dice todo, ¿no?

¡Te sientes libre!

Y te preguntas, ¿por qué no lo habré hecho antes?
¿Por qué me he estado engañando a mi misma hasta ahora?

Bueno, no corramos tanto, cuando es el momento, es el momento, ni antes ni después.

Todo cambio, requiere una preparación, disposición y decisión.

La implementación es el último paso, si se ha hecho un trabajo concienzudo, el mantenimiento vendrá de su mano.

El cambio es el que nos hace libres, porque retomamos «las riendas de nuestras vidas».

Supongo que, podríamos decir, que esta es la parte «bonita».

¿Cuál no lo es tanto?

La parte de la «pérdida».

A veces, no de una pérdida material real, sino también de la idea que teníamos de cómo iban a ser las cosas.
Esa idea que teníamos en nuestra mente, bucólica y maravillosa, sin ningún fallo ni fisura. Perfecta.

Os parecerá trivial, banal, incluso puede que «un cuento chino», pero no lo es, está directamente relacionado con nuestras expectativas.

Las ideas que nos formamos en nuestra cabeza componen la «predicción de nuestro futuro» que nos hacemos, y pueden llegar a tener más peso y valor, que nuestra propia realidad, en si misma.

¿Por qué esto es así?

Influyen varios factores:

Todos necesitamos un plan, o al menos algo que se le parezca mucho.
El plan puede ser: «vivir el momento».
Pero, aún así, sigue siendo un plan.

Ese plan no sólo es nuestra motivación, sino la guía de qué haremos a continuación.
Más aún, la explicación de por qué lo haremos, tan necesaria para los seres humanos (y, sino, pensar en la confusión que sentimos todos cuando nos vemos haciendo algo que no sabemos por qué estamos haciendo o para qué).

Todo cambio implica un duelo.

De lo que tenía, de lo que esperaba, de lo que pensaba que llegaría a ser, de lo que quería vivir, de lo que quería tener.

Aunque muchas veces, el cambio implica más cambios, no necesariamente pérdidas, sino transformaciones de lo que teníamos.

Tendremos momentos de duda, momentos de cuestionarnos qué hemos hecho y por qué, sobre todo cuando las cosas no acaben de ir, una vez más, como nosotras esperábamos.

Sin embargo, muchas veces, cuando miramos atrás, es entonces, y sólo entonces, cuando parece que las cosas empiezan a y acaban de, tener sentido.

Y es que al cambio tenemos que darle tiempo a que se asiente, porque al principio, sobre todo cuando es un cambio muy grande, la polvareda no nos deja ver el auténtico resultado, sólo caos y desorden, indefinición e incertidumbre.

Pero si es una decisión meditada y parte de un proceso de toma de conciencia, en el que veamos con mucha más claridad qué pasa, por qué, a dónde nos lleva, qué queremos y cómo conseguirlo, podéis estar seguras que al final de él, os sentiréis más vosotras mismas que nunca y con una plenitud que nunca llegasteis tan si quiera a imaginar.

Estos días lo hablaba con una paciente.
Tenía un matrimonio, aparentemente, perfecto, ella misma me decía: «la foto de familia que teníamos era perfecta y preciosa».
Sin embargo, ella no era feliz.
Comenzó una relación con otra persona, sin plantearse nada con respecto a su situación actual en ese momento, fue algo que hizo por y para ella, sin objetivo ni intención de nada más.
Ella misma reconoce que el hecho de que estuviera ya dispuesta a tenerla era el reflejo de que ella no era feliz y buscaba, «algo más», pero en ese momento no era del todo consciente de ello.
La relación que estableció progresó, se enamoró, pero aún así no se planteaba romper su matrimonio, hasta que vio que perdía a esta persona, y en sus propias palabras: «ese amor me dio fuerzas para ponerme en primer lugar a mi misma, y salir de un matrimonio que no me atrevía a dejar».
El sentimiento de culpa por romper su matrimonio fue brutal, como os podéis imaginar, pero lo hizo, una vez que tuvo la determinación para hacerlo.
Y vivió una relación de 5 años con esta otra persona, hasta que por una infidelidad de él, la relación se rompió.
A lo que ella, me dijo: hacía tiempo que quería dejar la relación pero no veía cómo, reconozco que su amor me dio la fuerza que necesitaba para romper mi matrimonio, supongo que pensé que no era capaz de romper mi matrimonio, por mi misma, pero llegó un momento en que esta relación que tenía, ya no me llenaba.
Después de todo esto vivido me decía que, tiene muchas cosas que colocar en su cabeza, pero sabe que ahora, por fin, y después de tanto dolor y daño causados, ha llegado al punto que siempre había querido vivir, y que aunque le estaba costando mucho rehacer su vida, al verse sin pareja después de muchos años, sabía que ahora estaba en el camino de ser feliz, ser ella misma, no depender de un hombre, y florecer, por fin.

La honestidad de esta mujer consigo misma, reconociendo que hay muchas cosas de las que no se siente nada orgullosa y que definitivamente le hubiera gustado hacer de otra manera, asumiendo su responsabilidad y las consecuencias, así como su capacidad para mirar atrás y encontrarle sentido a todo el proceso por el que ha pasado, son realmente envidiables y dignas de admiración.

Después de leer todo esto, os podéis imaginar el proceso tan duro que puede significar dejar de engañarse a una misma, encender la luz y tomar conciencia, pero también, lo necesario que es.

Y que lo que pasa cuando una deja de engañarse a si misma, es que por fin es una misma y su vida, es por fin suya, y se encamina al camino de su felicidad, viviéndolo y caminándolo ya, hoy.

Publicado en Mujeres, Pareja, Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

¿Cómo definir nuestras expectativas?

Conocerse bien a uno mismo, es indispensable en este proceso, como en muchos otros, una vez más.
Ya que me permitirá saber si tiendo a:

  1. Sobrevalorar o infravalorar mi capacidad.
  2. A sobrevalorar o infravalorar las dificultades que me encuentro en mi camino.
  3. Si suelo definir de una forma «realista» o no mis objetivos.
  4. Así como saber con qué herramientas cuento para conseguir lo que quiero y seguir motivándome.

Para tratar de definir nuestras expectativas de una forma realista, la recomendación general es que contrastemos nuestras expectativas con la realidad, considerando hechos objetivos frente a valoraciones subjetivas.
Considerando nuestras experiencias previas y sus resultados, aunque no sean garantía de qué va a pasar a continuación, pero es la información con la que contamos, y a la que realmente podemos acudir.

Hasta ahí, todo suena muy razonable.
¿Cuál es el problema entonces?

Pues que en ese camino, en muchas ocasiones, decidimos hacer «el estudio sociológico del año» y comenzamos la encuesta pertinente.
Dicho de otro modo, empezamos a interrogar a los demás sobre su opinión, sus experiencias e incluso sus «predicciones», esperando que «nos iluminen con su saber», y nos ayuden a definir nuestras expectativas.

Pero lo cierto es que, cuanta más información recopilamos, menos claro lo tenemos, más confuso es, más variables influyen, más implicaciones vemos en las relaciones entre dichas variables y sus posibles consecuencias, hasta juntarnos con un maremágnum tan complejo, que no sabemos qué hacer con él.

Se suponía que el objetivo era «tener las cosas más claras», y sin embargo, más confusos estamos.

Tener más información, no nos garantiza, necesariamente, tener las ideas más claras.

A veces, la expectativa más realista que podemos tener es:
«No se qué puede pasar, no se cómo puede salir, ni cómo va a hacerlo, de hecho».

Y es que es mucho mejor, tener esta expectativa, que aunque resulte imprecisa, me permite tener la «apertura mental» necesaria para «estar preparado para lo que sea», que contarme un bonito cuento, sin base ni solidez, por muy bonito que sea y suene.

Dijéramos que tenemos que «llegar a un acuerdo con nosotros mismos», y decidir cuánto le vamos a atribuir a la objetividad, y cuanto a nuestros deseos y anhelos, para saber el «grado de confiabilidad» que podemos tener en nuestra expectativa, sin engaños.

Por ejemplo, si el 80% de mi expectativa se asienta en hechos objetivos, y el 20% restante en mis deseos, podré decir con un grado de confiabilidad elevado, que mi expectativa tiene bastantes probabilidades de cumplirse.
Si los números son al revés, 20% y 80%, mi expectativa difícilmente se cumplirá.
Yo elijo qué porcentajes me van a hacer decantarme hacia un lado u otro.
Digamos que si es un 60% basado en hechos objetivos y un 40% en mis deseos, decido que es el «margen mínimo» para que yo considere que es algo probable que mi expectativa se cumpla, y que si el primer porcentaje sube y el segundo decrece, entonces mi expectativa será poco probable, por ejemplo.

Pongo estos ejemplos, pero realmente no hay un criterio estándar.

Cada uno tiene que decidir «cuáles son sus números», por decirlo así.
Tú decides, tú eliges.

Al final, es nuestro criterio el que prevalece, y es por ello que es tan importante conocernos a nosotros mismos, para saber qué mecanismos nos resultan más o menos funcionales.

Hay personas que dicen que prefieren «esperar lo peor» para así «no llevarse el chasco», y hay personas que, por el contrario, prefieren «tener esperanza» y así «no sufrir por adelantado».

Sea como sea, es nuestra responsabilidad elegir nuestras expectativas, como elegimos nuestros pensamientos en general, de ello dependerá que estemos motivados o frustrados.
Por supuesto que también influye cómo se vayan desarrollando los acontecimientos, así como cuales hayan sido nuestras experiencias y los resultados que hayamos obtenido, tanto en el pasado como en el presente.

Lo que es claro es que si tenemos la creencia de que: «si me esfuerzo y trabajo con empeño, me lleve más o menos tiempo, acabo consiguiendo lo que quiero», nuestra motivación se verá reforzada y, precisamente, «nos moverá a actuar».

Se que es difícil mantener esa actitud, sobre todo cuando nos encontramos con situaciones en las que las variables que influyen con más peso, escapan a nuestro control.
Pero la alternativa es darse por vencido, y yo no se vosotros, pero yo no conozco a nadie que sea feliz con esa actitud.

Una de las partes muy duras de esta vida y que nos cuesta mucho asumir, es el aceptar que hay cosas que, definitivamente, no van a salir como queremos y deseamos, pero esa aceptación nos permite focalizar nuestros esfuerzos donde si podemos conseguir los resultados que deseamos, y no en la frustración que sentimos, por lo que no conseguimos.

Dicho todo esto, en muchas ocasiones, como ya os dije cuando empezamos a hablar de las expectativas, lo mejor que podemos hacer es intentarlo, y según los resultados e información que vayamos obteniendo, decidir cuál es el camino a seguir, el siguiente paso a dar, y entonces, sentar nuestras expectativas.

Nuestras expectativas están en proceso de reevaluación constante, no son estáticas ni definitivas.

La vida siempre puede sorprendernos, y nosotros a nosotros mismos también, o más aún.

¿Os ha pasado alguna vez que en el proceso de consecución de un objetivo, habéis decidido cambiarlo por otro?

Si os ha pasado, ya lo sabréis por vosotros mismos, si no es así, deciros que es el proceso natural de las cosas, que cambien, que progresen, que evolucionen, que se asienten, que se definan.
La paciencia, una vez más, será vuestra gran aliada en el viaje por la vida.

Nos afanamos en tomar decisiones, en tenerlo todo claro, definido y «atado», ahora y de cara al futuro.
Pero ninguno somos Nostradamus.

No sabemos qué viene a continuación.

Como decía Forrest Gump: «la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar«.

Y por mucho que te digas a ti mismo: «venga hombre, si es cuestión de mirar en la caja y ver de qué es cada uno, y ya está resuelto».

Bueno, es posible que eso te de una idea, pero lo que nunca sabrás hasta que lo experimentes es cómo te hará sentir, si te hará feliz o no, si es lo que quieres o no.
En consecuencia, hasta que no andes el camino, hasta que no te encuentres comiendo la caja de bombones, no sabrás cuál quieres realmente, o si quieres seguir comiendo esos bombones u otros, o cómo te hace sentir la experiencia de estar disfrutando de esos bombones en concreto y no otros.

Nuestras expectativas nos dan una orientación no un mapa exacto del terreno.

Nos pueden alentar o nos pueden desanimar.

Podemos utilizarlas en nuestro beneficio o en nuestro detrimento.

Lo que es seguro es que si se convierten en nuestra única realidad, nunca se ajustarán a lo que realmente está pasando.

Aceptar el hecho de que todo cambia, y sigue cambiando, y que lo que nos hace felices hoy, tal vez no nos haga felices mañana, nos invita a seguir viviendo, a seguir descubriendo, a seguir maravillándonos con lo imprevisible y mágica que puede ser la vida.

Entiendo que pueda generar cierta inseguridad el no saber qué va a pasar, ni dónde vas a estar dentro de dos años o de veinte, o cómo van a ser las cosas o las personas de tu alrededor.
Pero aferrarte a una idea estática de las cosas lo único que te va a poder garantizar es que te quedes descolgado, «fuera de juego», al margen del viaje que es la vida.
Si, tal vez te de seguridad, pero no será real, sólo una construcción de tu mente que, intentando darte seguridad, confianza y tranquilidad, lo que está haciendo es que te pierdas lo que realmente está pasando.

Fluir, que bonita palabra, y cuánto nos cuesta.
Pero eso es la vida, ¿no?

Tomar cada oportunidad, disfrutarla, vivirla e ir recalculando ruta a cada paso, de forma que estés realmente andando tu camino, sacándole todo el jugo y viviendo a tu manera, la vida que tienes, justo delante de ti, al alcance de tu mano.

La seguridad que podéis tener, es que estáis viviendo, escuchándoos a vosotros mismos y esforzándoos en el camino de ser felices, eso os animará a seguir, a continuar.

¡Feliz Viaje!

Publicado en Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 2 comentarios

Las Expectativas

Pueden motivarnos o convencernos de que, sea lo que sea lo que nos planteamos, es un imposible.

La evaluación (muchas veces inconsciente) que solemos hacer es:

  • imposible-2Si el «punto de partida» se encuentra muy distante del «objetivo», la distancia que hay que cubrir es excesiva, por lo que el objetivo nos parecerá imposible de alcanzar, desapareciendo nuestra motivación y empeño.
  • retoSi el «punto de partida» se encuentra a una distancia razonable del «objetivo», lo veremos como un reto, y nos motivará para la consecución de dicho objetivo, ya que nuestra expectativa será de éxito.

En definitiva las expectativas componen:
«Las ideas que nos formamos en nuestra cabeza sobre la «predicción de nuestro futuro» que hacemos, y pueden llegar a tener más peso y valor, que nuestra propia realidad, en si misma, porque llegan a convertirse en «nuestra realidad», en la que creemos, a pies juntillas.»

Todo el análisis anterior se basa en nuestro criterio subjetivo y nuestra percepción: la evaluación o valoración que hacemos, tanto de nuestro «punto de partida», como del «objetivo» que queremos alcanzar o conseguir, pasando por cómo creemos que nos sentiremos si lo conseguimos o si no lo hacemos.

De este modo si infravaloramos o sobrevaloramos, bien nuestro «punto de partida», bien nuestro «objetivo», o ambos, es claro que nuestras expectativas no serán realistas ni ajustadas.

Esas expectativas nos motivarán o nos bloquearán, según el caso.

Pudiera parecer entonces que, si sobrevaloramos nuestro «punto de partida», podremos estar motivados para conseguir objetivos que, en realidad, se encuentran muy distantes.
Pero, en realidad, lo que eso casi nos garantiza es un «batacazo monumental» que nos llevará no sólo a la frustración sino también a una sensación de incompetencia, que puede ir creciendo e incapacitándonos para actuar, progresivamente.

Si infravaloramos nuestro «punto de partida», que tal vez parezca más alentador porque, supuestamente, nos «garantiza» el éxito en la consecución de nuestros «objetivos», puede que nos sintamos más tranquilos, pero también «nos aburriremos como ostras», no habrá reto, en realidad, ni evolución, ni progresión, ni motivación.

Si infravaloramos nuestro «objetivo», es posible que, nos brinde la oportunidad de seguir perseverando en la consecución de nuestros objetivos, y así poder seguir adelante, luchando por lo que queremos, aunque sólo sea un espejismo.
Estaremos soñando, engañándonos a nosotros mismos, una vez más, pero, en cierto modo, creemos que nos dará fuerza, por eso lo hacemos.

Si sobrevaloramos nuestro «objetivo» nos estaremos dando por vencidos antes si quiera de haberlo intentado, asumiendo que no podemos llegar ahí, que no somos capaces, dañando nuestra autoestima y auto-percepción sin razón.

A la luz de todo lo expuesto, no se qué os parecerá a vosotros, pero yo llego a la conclusión de que:
«Cuando no lo tenemos claro, tenemos dudas y no sabemos muy bien si nuestra percepción se ajusta a la realidad, a lo que está ocurriendo, a nuestra capacidad y a dónde se encuentra realmente nuestro «objetivo», lo único que podemos hacer para salir de dudas es intentarlo, ir a por ello, motivándonos a nosotros mismos con todas las herramientas que tengamos en nuestra mano, y re-evaluando la situación según vaya progresando para determinar, si decidimos perseverar en nuestro empeño, si redefinimos nuestro objetivo o si bien decidimos decantarnos por otro, y así por fin, sentar nuestras expectativas».

Si queréis saber más sobre cómo definir nuestras expectativas y usarlas en nuestro favor, estar atentos a nuestras próximas publicaciones 😉
Seguiremos buscando respuestas, para que encontréis las vuestras.

Publicado en Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 3 comentarios

¿Y si Todos y Todas escribiéramos la Carta a los Reyes Magos?

¿Es sólo para los niños y niñas?

Yo no lo creo.

Para mí, la carta a los Reyes Magos es un ejercicio de fe y esperanza, sin igual, y además puede ser «la magia que nos ayude a alcanzar nuestros objetivos».

Supongo que mucha gente creerá que son dos sentimientos o emociones (la fe y la esperanza) propios de una persona ingenua (y puede que lo sean), ya no hablemos de la magia.

Pero, ¿realmente creéis que lo seguiríamos haciendo con nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros nietos,…, con toda la ilusión, si no tuviera ningún sentido?

De hecho, creencias religiosas al margen, ¿cuántos de vosotros habéis escrito o ayudáis hoy a escribir esa carta, aunque no compartáis esas creencias?

Más aún, ¿cuántas veces habéis ayudado a los Reyes Magos o a Papa Noel a recoger regalos para los niños que no tienen recursos?

¿Será entonces que tiene sentido?

La carta a los Reyes Magos es un ejercicio de amor, hacia nosotros mismos y hacia las personas que queremos, también.

Porque en nuestra carta, todo tiene cabida, tanto lo que queremos para nosotros como lo que queremos para los demás.

En la carta a los Reyes Magos le pedimos a los demás, al Universo, a nuestra propia intención y voluntad, a los Reyes Magos, que traigan felicidad, amor y lo mejor, para nosotros y los demás.

¿Puede haber algo más bonito?
¿Algo más bonito que ese deseo de amor y felicidad compartidos?

Muchos niños (y espero que muchos adultos) aprovechan esa carta, también, para dar las gracias por todo lo que tienen, por todo lo que les ha sido concedido, viven y disfrutan.

No se a vosotros, a mi me parece un ejercicio precioso y algo absolutamente extraordinario.

Para aquellos de vosotros que tal vez aún no lo tengáis del todo claro, me gustaría que tuvierais en cuenta que escribir la carta a los Reyes Magos es un regalo, en si mismo, para nuestra intención y voluntad, que de ese modo se verá dirigida a ese mismo fin, a todo eso que habéis pedido en vuestra carta.
Esa es la magia que nos ayuda a alcanzar nuestros objetivos, lo que se conoce como el efecto Pigmalion o las profecías autocumplidas.

La felicidad, como el amor, cobran todo su sentido cuando se comparten.
¿No os parece?

¡Os animo a escribir esa preciosa carta, pidiendo también para los demás, y dando las gracias!

¡Estoy segura de que a los Reyes Magos, les hará muy muy felices!
¡Y a vosotros también!

Publicado en Familia, Niños y Niñas, Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Y si Todos y Todas escribiéramos la Carta a los Reyes Magos?

No me lo esperaba

Si hay algo en lo que los seres humanos seamos auténticos expertos, es en esto, en «engañarnos a nosotros mismos«.

No ver la realidad, no aceptarla, no asumirla.

Vivimos de espaldas a ella, y nos contamos el «cuento» que necesitamos contarnos para seguir haciendo lo que nos plazca, sin tener en cuenta las consecuencias.

Luego, cuando las consecuencias consiguen alcanzarnos, nos preguntamos: ¿qué demonios ha pasado?

Nos sorprende, no lo esperábamos, nos coge por sorpresa, y nos arrolla.

Pero siempre estuvo ahí, estaba ahí y está ahí.

¿Por qué hacemos esto si es tan potencialmente «peligroso»?

Nos engañamos a nosotros mismos porque es la única manera que encontramos de seguir haciendo lo que queremos hacer, sin tener que renunciar a nada, ni cambiar nada.

De hecho, es posible que podamos mantenerlo durante bastante tiempo, en una especie de «equilibrio inestable«.

Pero pagamos un precio, de eso podéis estar seguros.

Y, al final, más tarde o más temprano, tenemos que decidir, tenemos que elegir.

Elegir

Toda elección implica una renuncia.

Hagamos lo que hagamos, algo vamos a perder.
No nos gusta.

¿Qué estás dispuesto a perder?
¿A qué estás dispuesto a renunciar?

Las personas somos contradictorias, nos cuesta aceptar las consecuencias de las cosas, queremos una cosa y queremos otra a la vez, aunque sean incompatibles o mutuamente excluyentes.

Queremos un trabajo estable y seguro, que dependa de otros, y queremos libertad de decisión como tiene un autónomo, queremos un coche de lujo, pero no queremos tener que pagar un mantenimiento caro, queremos una gran casa, pero no queremos la hipoteca, queremos pagar menos impuestos de los que nos tocan, pero que no nos pillen.

Al final, es una fantasía, es una ilusión.

Porque, como os decía, todo tiene consecuencias.

El autoengaño tiene niveles, como casi todo en esta vida.

Es un mecanismo psicológico muy intrincado, y pudiera parecer que no es funcional pero, como bien sabéis, si estuviera ahí sólo para complicarnos la vida, no estaría.

A veces, la función que cumple, es darnos la oportunidad de hacer lo que, de otra manera, no sabríamos o podríamos hacer.

Si tengo un trabajo en el que no me siento valorada, que paga las facturas, pero con el que no me siento realizada, y me engaño a mi misma pensando que, en un momento u otro, las cosas cambiarán y conseguiré el reconocimiento, valoración y promoción que anhelo, es para no tener que dejar el trabajo, para no tener que enfrentarme al miedo atroz que me da cambiar de trabajo y enfrentarme a lo desconocido, la frustración monumental que sentiría si acepto el hecho de que, tal vez, nunca consiga lo que quiero a nivel laboral o incluso que no puedo llegar a donde quiero, porque no tengo las habilidades o recursos que necesito para ello, más el dolor de perder lo que, de hecho, ya tengo, aunque no me satisfaga.

Aunque parezca mentira, es posible que lleguemos a la conclusión, de que es más fácil o incluso «mejor para mi», que me engañe, y así pueda seguir con mi vida, sin «entrar en barrena», en cierto modo, me «protege».
Porque, al fin y al cabo, quién dice: ¿vivo una vida que no me satisface y la elijo por miedo a las consecuencias, lo acepto y vivo feliz con ello?

Somos inconformistas por naturaleza, como bien sabéis.
Vivir sabiendo que hay otra opción que nos haría más felices, genera un conflicto interno tal (una «disonancia cognitiva«) que no podemos «tolerar», manejar ni gestionar.
Así que buscamos, buscamos y rebuscamos una «explicación» que nos deje tranquilos y «resuelva» (aunque sea temporalmente) el conflicto:

  • Es lo mejor para todos.
  • Es lo correcto.
  • Es mejor así.
  • De haberlo hecho, me hubiera destruido a mi mismo.
  • De haberlo hecho, hubiera destrozado a las personas a las que quiero.
  • No puedo hacerlo.
  • No tengo elección.

Nuestro cerebro, como os digo siempre, tiene una función fundamental y primordial, y es protegernos.

Lo que ocurre es que, las consecuencias, tal vez sean incluso peores (una frustración perenne, insatisfacción, infelicidad y depresión, como en el caso anterior).

Al final, la realidad, más tarde o más temprano, nos alcanzará, y entonces ya no habrá donde esconderse, estará ahí.
Y nos preguntaremos: ¿qué he hecho con mi vida?

Hay casos extremos de negación.
Se dan casos muy evidentes en las adicciones a sustancias, por ejemplo, donde las personas que tienen la adicción no reconocen que tienen un problema con la sustancia (eso que se dice que es el primer paso, como ya sabréis), ya que no pueden no consumirla, aunque así lo quieran, y están destruyendo su vida en el camino.

¿Por qué ocurre esto?

Una vez más, porque si aceptarán y reconocieran el hecho de que efectivamente tienen una adicción y que les está impidiendo llevar la vida que quieren llevar, tendrían que hacer tales cambios que, muy posiblemente, a nivel psicológico y emocional, les desbordaría hasta tal punto, simplemente la idea, que creen firmemente que no van a ser capaces, no lo van a conseguir, llegando incluso a poder plantearse que supondría su propia autodestrucción si lo hacen.

Nadie quiere eso, ¿verdad?

Ya os hablé de que, el cambio es un proceso, no ocurre de la noche a la mañana, y sólo tendremos éxito si lo emprendemos cuando estemos preparados, eso también es importante tenerlo en cuenta.

Os lo digo siempre, es la naturaleza humana, lo queremos todo y lo queremos ya.
Pero las cosas no funcionan así.

Esperar a que llegue el momento, es algo que no nos gusta un pelo.
Requiere «paciencia«, pero también tolerancia a la frustración, que implica la aceptación de la posibilidad de que, tal vez, efectivamente, no lo consiga, no consiga eso que me he propuesto.

Pero, ¿qué es la vida si no tenemos el coraje de vivirla?
¿Un paseo por el parque?

La vida es de titanes, nos pone a prueba, nos cuestiona, nos desafía, nos reta, nos pone «patas arriba», y nunca descansa, vuelve una y otra vez.

¿Por qué?

La pregunta que puede estar dando vueltas en nuestra cabeza como una noria, sin parar ni un minuto al día.

Cada uno encuentra su respuesta, no hay una única.

En mi opinión, la vida nos da la oportunidad de cambiar, de evolucionar, de aprender, de crecer, de desarrollarnos, de florecer, de resplandecer, de brillar, y si decidimos no tomar «esa oportunidad», se encarga de ponernos numerosas y múltiples oportunidades delante de nosotros, una detrás de otra.
Obviamente, nosotros decidimos qué hacer, si tomarlas o no, pero la vida no se rinde.

¿Vas a hacerlo tú?
¿Vas a rendirte?
¿O vas a tomar las riendas de tu vida y vivirla en toda su plenitud?

Ahora ya sabéis cómo identificar si os estáis engañando a vosotros mismos pero, hay un indicador más.

Si os veis volviendo a lo mismo, una y otra vez, cada cierto tiempo, poco o mucho, es señal inequívoca de que el tema no está resuelto, no está solucionado, sigue llamando a vuestra puerta, porque la acción os está esperando.
La vida os está dando una nueva oportunidad.
¡No te rindas!

Publicado en Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

No consigo decidirme

Muchas personas vienen a la consulta diciéndome esto y «quejándose» de que son «indecisas«.

Sin embargo, muchas veces, por no deciros la mayoría, lo que realmente pasa es que les falta información para poder tomar una decisión.

Las personas queremos ser decididas y tener las cosas claras, siempre.

Atribuimos que esta «capacidad» tiene que ver con un rasgo de personalidad estable: «ser decididos«.

Pero nos equivocamos, todos dudamos, a veces incluso con «cosas pequeñas».
Os digo más, llegando a esa conclusión sobre nosotros mismos, atribuyendo a nuestra personalidad rasgos que consideramos «negativos» (y que de hecho no son ciertos), afectamos directamente a nuestro autoconcepto, y eso nos deja aún más encallados de lo que ya estábamos, nos invalida para tomar decisiones.

Porque ya no es sólo que estemos ante una situación difícil, y que tengamos que tomar una decisión, renunciando a una parte y asumiendo un riesgo por otra, sino que no nos sentimos capaces de hacerlo, y eso afecta tanto a nuestra autoestima, a nuestro estado de ánimo, a nuestra percepción de autoeficacia como a nuestra capacidad de decisión.

¿Por qué nos cuesta decidir?

«Porque no lo tenemos claro».
Al fin y al cabo, podemos ser intrépidos y aventureros pero, aún así, tomar una decisión «a ciegas» es arriesgado y tiene consecuencias.

Puedes tomar una decisión sin la información suficiente, todos lo hacemos, depende de las implicaciones que tenga.

Tomar una decisión sobre algo importante para nosotros, es otro tema.

Ahí queremos tener toda la información posible, y más, a poder ser.

Es sólo que, a veces, no nos damos cuenta de que es eso lo que pasa, que nos falta información.

Ahí cobra todo el sentido cuando una persona mayor, en nuestro cumpleaños, nos dice: «Hija, ojalá tuviera tus años, pero con todo lo que se ahora«.

Queremos ser capaces de «predecir el futuro», de tener un mapa claro de todo lo que influye en la decisión y de todas las consecuencias, e incluso, de cómo nos afectarán y cómo nos sentiremos al respecto, pero siempre nos va a faltar información.

Si no somos capaces, a día de hoy, de «predecir» tornados o tsunamis u otros fenómenos que tienen catastróficas consecuencias, podéis imaginaros que la información que podemos llegar a tener, nunca será «toda la información».

Y esto se debe a que son tantas las variables que influyen, y de tan distintas formas, que no podemos «controlarlas» todas.

¿Qué hacer entonces?

Tomar una decisión no es fácil.

Hay mucho que pensar y considerar.
Y para recabar toda la información necesaria, hace falta tiempo.

Con esa información, seremos más capaces de aclarar nuestras ideas, porque tendremos una idea más precisa de qué ganamos, qué perdemos y qué arriesgamos.

Al mismo tiempo, tenemos que considerar que «hay información que se nos escapa«, consecuencias que no podemos anticipar.
Hay una parte en la que, en mayor o menor medida según el caso, «estamos a ciegas», y sólo nos queda aceptar que está ahí, sabiendo que, en el momento en el que hemos tomado la decisión que hemos tomado, lo hemos hecho «lo mejor que hemos sabido y podido, con la información que teníamos disponible».

Yo os propongo algunas preguntas para reflexionar:

  • ¿Qué quieres?
  • ¿Qué te apetece ahora mismo?
  • ¿Cómo te ves dentro de dos meses o de dos años?
  • ¿Te ves haciendo…?
  • ¿Te ves sin…?
  • ¿Te ves con…?
  • ¿Qué consigues con esta opción? ¿Cómo de importante es para ti?
  • ¿Qué pierdes con esta opción? ¿Cómo de importante es para ti?
  • ¿Qué necesitas hacer para conseguir…?

Dicho esto, ¿sabéis qué?

También hay mucho que sentir, no sólo que pensar.

«Cuanto más elevado sea nuestro nivel de conciencia, más se ajustarán nuestras decisiones a la realidad y a lo que realmente queremos».

Eso significa, entre otras cosas, estar en contacto con nuestros sentimientos y emociones, no dejarlos a un lado.

Como decía Mahatma Gandhi:

«Hay dos tipos de poderes, uno es obtenido por el miedo al castigo, y el otro por actos de amor. El poder basado en amor es más efectivo y permanente que el miedo al castigo.»

Cuando nuestras decisiones están guiadas por el miedo, o por la venganza, o por el resentimiento, o por la ira, o por…, toman el control, se hacen con el poder, y serán entonces «los motores de nuestras vidas«.

Muchas veces, es esa «neblina», ese rapto de emociones que nos desbordan, las que nos hacen tomar determinadas decisiones, y una vez que pasan o que se diluyen y van transformando, vemos las cosas de una forma totalmente distinta y, para entonces, puede que ya sea demasiado tarde.

Si estás furioso, enfadado, rabioso, resentido, te sientes vengativo o en pánico, no es el momento de tomar decisiones.

Conecta con el amor que nos une a todos y a todo, y toma decisiones desde ahí, sean las que sean, no te arrepentirás.

Publicado en Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en No consigo decidirme

El Proceso de Cambio

Porque no es algo que pase «de la noche a la mañana».

Requiere trabajo y tiempo.

Lo se: ¡Que decepción!

Los seres humanos lo queremos todo y lo queremos ya, así que, «¡Bienvenidos al club!».

Cuando las personas vienen por primera vez a la consulta, suelo decirles que lo más importante en la terapia es que la persona quiera cambiar, y que lo que facilita que este proceso sea más «rápido» (tal vez sería más apropiado decir que lo que hará que fluya de una forma más armónica y progresiva) es que la persona se haya planteado ya: ¿qué pasa?
Incluso, que tenga alguna teoría al respecto.
Ahora veremos por qué y cómo encaja esto en el «proceso de cambio«.

Ya que, si esto ocurre, en muchas ocasiones lo que la persona necesita es una «clave» que le permita reordenar las piezas que, por otro lado, ella ya estaba empezando a encajar por si misma.

Para la PNL el proceso terapéutico tiene su efectividad en la transmisión del modelo del mundo que hace el terapeuta a su paciente.

Dicho en términos más sencillos, cuando los pacientes ya han empezado a hacer el puzzle, por si mismos, y el terapeuta les enseña cómo podría ser el modelo del puzzle, desde su punto de vista terapéutico, el proceso se completa con mucha mayor facilidad.

El proceso de cambio se representa en una «rueda», por eso he elegido la imagen que ilustra esta entrada.

El motivo es que no es un proceso con un principio y un final, sino que se re-evalúa constantemente.
No es un proceso lineal y exponencial, por desgracia (o por suerte).

Me explico:

El momento previo al cambio se define como ese momento en el que el sujeto no ha identificado aún que «exista un problema» y se llama «Precontemplativo».

El proceso de cambio comienza (podríamos decir) cuando el sujeto, efectivamente, toma conciencia de que «hay un problema», lo denominamos «Contemplación».

El estadio que le sigue se denomina «Preparación para el cambio o Determinación» y es el momento de poner en orden ideas, de plantear objetivos, de identificar y aprender todas las técnicas y estrategias necesarias para hacer «realidad» ese cambio.
Se trata de una fase «psicoeducativa» en la que el sujeto recibe una especie de «entrenamiento» en el que aprenderá todo lo que necesita para efectuar el cambio, y que este sea duradero.

Por fin, llega el momento del ansiado «Cambio», que pudiera parecer el más «difícil», pero no lo es.
Si bien, cada fase entraña su complicación, «la Acción o Cambio» (que es como se llama esta fase), está llena de aprendizaje adquirido, determinación y motivación, lo cual supone una ventaja aplastante respecto a las fases anteriores.
Es cierto que se encuentran ciertas dificultades u obstáculos al implementar las «medidas» que se han acordado en la terapia, pero también es la fase en la que encontramos nuestra ansiada «recompensa»: empezamos a conseguir todo eso por lo que hemos luchado y trabajado tanto.

Podríamos pensar que ese «cambio» y lo que obtenemos con él es suficiente recompensa, ya por si misma, para continuar con el cambio y hacer estable la fase siguiente, que se denomina «Mantenimiento».
Pero tenemos que tener en cuenta también que, dicho cambio, implica también la «pérdida» de ciertas ventajas o cosas que conseguíamos antes, con nuestros antiguos mecanismos, que ahora ya no seguimos disfrutando o teniendo.

La fase de mantenimiento y la de «Recaída», que es la siguiente, son las más desafiantes y complicadas, desde mi punto de vista, ya que requieren, no sólo de todo lo anterior, que también, sino conocernos a nosotros mismos lo suficientemente bien como para:

  • No engañarnos a nosotros mismos, poniéndonos obstáculos y barreras que, de hecho, no tendrían por qué estar ahí.
  • Perseverar en nuestro empeño.
  • Cultivar nuestra propia motivación.
  • «¡Ponérnoslo fácil!».
  • Recordar todo lo aprendido y ponerlo en práctica, una y otra vez, sobre todo cuando las situaciones y/o el estrés nos animan, acuciantemente, a volver a eso que tan bien aprendido teníamos y tan automáticamente poníamos en marcha.
  • Resiliencia: capacidad de la que se habla mucho (y de la que yo misma ya os he hablado en otras entradas), que en este caso pasa por aceptar las recaídas y aprender de ellas, ya que nos brindan la gran oportunidad de seguir aprendiendo de nuestro proceso y de nosotros mismos para conseguir cambios mucho más estables y duraderos que nos sirvan como «andamiaje» para continuar en nuestra andadura y en la consecución de nuestros objetivos y éxitos futuros.

El proceso de cambio, por tanto, es complejo, y lleva su tiempo, como os decía al principio.
Ya que no se trata de pasos progresivos que uno vaya dando, sólo en una dirección ascendente, y que culminen en un punto, finalizando el proceso y dándolo por terminado.

También os digo, sin ningún genero de dudas, que: ¡Merece la pena!

El proceso de cambio, para mí, representa el proceso vital por el que cada uno pasamos en el que, lo único constante, es el cambio.
Si os fijáis, la ilustración que se hace de él es muy similar a la que se utiliza para representar el «ciclo de la vida»… Por algo será 😉

Vivir.
Cambiar.

Publicado en Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

¿Haces una cosa y piensas otra?

¿Te ha pasado alguna vez?

Estar en conflicto, entre lo que piensas y lo que haces, lo que haces y lo que piensas.

Pues tiene una explicación.

Leon Festinger desarrolló una teoría al respecto.
La llamó «la Teoría de la Disonancia Cognitiva«.

En ella explica como los seres humanos tendemos a ser consistentes, buscamos una coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, y la falta de esa consistencia nos genera malestar (en mayor o menor grado, dependiendo de la persona y la situación).

Por ello, cuando dos pensamientos, dos ideas, dos hechos, dos comportamientos, contrarios o incluso mutuamente excluyentes, entran en conflicto («Disonancia Cognitiva»), la persona tiene que re-formularlos para ajustarlos y recuperar así la consistencia, el equilibrio.

La «Disonancia Cognitiva» es uno de los objetivos, por tanto, y de las bases de la Terapia Cognitiva.

¿Por qué?

Porque es el modo en el que los seres humanos somos capaces de modificar, cambiar, nuestros pensamientos y sistemas de creencias y, en consecuencia, nuestro comportamiento.

Como podéis imaginar, el proceso es muy complejo ya que, como hemos comentado en alguna ocasión «somos animales de costumbres» y los mecanismos de nuestro cerebro funcionan en esa dirección, repetir lo mismo una y otra vez, esperando resultados diferentes, aunque no tenga ningún sentido.

Nuestro sistema de creencias se va estructurando desde que nacemos, en base a nuestras experiencias y aprendizajes.

Nuestro repertorio conductual, por su parte, se va asentado también con el tiempo y la práctica, llegando a automatizarse incluso.

Es, por tanto, uno de los grandes obstáculos que se encuentra la terapia, pero también uno de sus mayores «motores de cambio«.

Una de las principales técnicas que emplea la Terapia Cognitiva es el «diálogo Socrático«.
Su objetivo, precisamente, es promover la «Disonancia Cognitiva» en las áreas que la persona está encontrando dificultades y siente malestar significativo.
Una vez planteados los dos puntos de vista en «conflicto» se pueden entrenar nuevas habilidades (toma de decisiones, cómo recabar más información sobre ambos puntos, resolución de posibles conflictos, evaluación de alternativas,…), para que la «Reestructuración Cognitiva» tenga lugar, y la persona consiga integrar toda esa información, de acuerdo a sus creencias y valores, consiguiendo un mayor equilibrio y sentido en sus decisiones, en su comportamiento, y en su día a día.

Supongo que todo esto suena muy «manipulador«.
Y lo cierto es que lo es, sólo que el objetivo es el bienestar de la persona, ningún otro.

Las personas, después de hacer terapia, parece que han «cambiado», a veces, hasta convertirse en otras personas.
Pero ese nunca es el objetivo.

Cuando una persona hace terapia se dedica tiempo a si misma para averiguar cómo es y qué quiere.

En ese camino, recibe asesoramiento, apoyo e información, de todo lo que la persona necesite, desde cómo funciona nuestro cerebro, por ejemplo los «errores más comunes que cometemos al procesar la información» (llamadas Distorsiones Cognitivas), a cómo nos ven los demás, a qué técnicas se pueden utilizar para resolver ciertos conflictos, como qué hacer para conseguir sus objetivos.

La persona cambia, pero si lo hace (o al menos esa es la idea) es para ser más ella misma, no otra persona.

Cuanto más claras tenemos nuestras motivaciones y objetivos, nuestras potencialidades y nuestras dificultades, lo que queremos y lo que no, más «auténtico» y «genuino» es el resultado que conseguimos.

Viene a mi mente ahora una técnica que normalmente se utiliza en la terapia y que creo que puede servir de ejemplo.
La llamamos «Contraste con la realidad«.

Se utiliza cuando la persona se queda «enganchada» en un pensamiento (que suele representar un miedo y está formulado en términos absolutistas y catastrofistas).
Ese pensamiento limita a la persona, la tortura y no puede gestionarlo.

El ejercicio que planteamos consiste en pedir a la persona que recabe información «objetiva», en su día a día, respecto a ese tema, para que después pueda decidir si, a la luz de los datos, esa idea puede mantenerse o ha de ser reformulada o directamente descartada y sustituida por otra.

En muchas ocasiones, como podréis imaginar, lo que ocurre es que la idea no se sostiene, y es más «adaptativo», por no decir que «se ajusta más a la realidad», reformular esa idea o descartarla.

Tanto nuestros pensamientos como nuestros sentimientos afectan directamente a nuestro comportamiento, y a la inversa.

Si mis pensamientos se ajustan más a la realidad, también lo harán mis sentimientos y emociones (aunque es cierto que ese proceso, en ocasiones, puede llevar algo más de tiempo, ya hablamos de querer y odiar lo mismo, a la vez), y como resultado mi comportamiento será más adaptativo, más ajustado, más efectivo y eficaz, en consecuencia.

En resumen, si te has «pillado» a ti mismo en medio de ese conflicto, entre lo que piensas y lo que haces, lo que haces y lo que piensas, estás en el momento perfecto de plantearte un cambio, un cambio para volver a ser más tú y recuperar tu camino a la felicidad, sólo tienes que empezar a trabajar en él.

Publicado en Familia, Niños y Niñas, Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | 1 comentario

¿Por qué buscamos la aprobación de nuestros padres?

Incluso cuando ya somos adultos/as.

Nuestros padres son nuestra referencia, los primeros modelos que hemos tenido en el proceso de construcción para llegar a ser las personas que somos.

Más aún, no son solo nuestros modelos, sino las primeras relaciones afectivas que tenemos en nuestras vidas.

Ellos nos cuidan, nos protegen, nos educan y enseñan.

Pero eso no lo explica todo, ¿verdad?

El ser humano quiere «agradar», está en nuestra naturaleza.

Somos «animales sociales» y vivir en sociedad implica «adecuarse», al menos hasta cierto punto, a ella.
Es uno de los motivos que «creemos» que explica por qué el «rechazo social» activa las mismas zonas cerebrales que el dolor físico. Ya que se trataría de un mecanismo que nos permitiría vivir en sociedad y, por tanto, tener más probabilidades de «sobrevivir», desde un punto de vista adaptativo.

Si alguna vez os habéis sentido «rechazadas» por vuestros padres, o «no aceptadas», sabréis lo mucho que duele, lo descorazonador que es.

El aislamiento social, como ya os explicaba, es una expresión de «rechazo social» y tiene consecuencias muy negativas en el ser humano.
No en vano, los psicólogos consideramos como signo de buen pronóstico, el que la persona tenga un amplio círculo de apoyo social.

Cuando nos sentimos «aprobadas» y «aceptadas» por nuestros padres y recibimos su apoyo, eso nos da la mayor seguridad que podáis llegar a imaginar.

¿Qué ocurre si eso no pasa o no ha pasado?

Tenemos esa sensación de «inadecuación» que nos persigue.
De no ser las personas que «deberíamos» ser.

¿Qué podemos hacer al respecto?

Restablecer el apego, restablecer el vínculo.
Sólo que esta vez, como personas adultas, se trata de reestablecer el vínculo con nosotras mismas.

¿Cómo se hace?

Es un proceso y mi recomendación es que tengáis apoyo terapéutico para ello.
Ese proceso tiene como objetivo proporcionarnos a nosotras mismas el cariño, aceptación y cuidado que necesitamos, tanto a nuestro «yo adulto» como a nuestro «yo niña».

Cuando hablábamos de qué ocurre cuando haces daño a tus hijos, ya os expliqué lo importante que es dar cariño, aceptación y comprensión a nuestros hijos e hijas.

Cada persona es distinta y tener en cuenta todas sus idiosincrasias es fundamental, y a la vez, complicadísimo.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos, que sean «las mejores personas» que puedan llegar a ser, y en ese camino, a veces olvidamos, que lo más importante es que sean ellos mismos y que encuentren su felicidad, no la nuestra, sino la suya, que puede ser muy distinta a la que imaginábamos para ellos.

Restablecer el vínculo entre padres e hijos también es posible, como os decía antes, es un proceso, y en este caso, uno de los más satisfactorios que se llevan a cabo en la terapia, podéis estar seguros.

Quererse a uno mismo, aceptarse tal y como se es, apoyarse a uno mismo y proporcionarse todo lo que se necesita, es el objetivo.
Se que no es fácil, se que suena hasta «raro», pero os aseguro que merece la pena, es un proceso que te hace florecer y «recomponerte» como persona, sintiendo que todas y cada una de tus partes tienen sentido y están integradas, formando y componiendo a la persona que quieres ser, que te hace sonreír y que camina el camino de su propia felicidad, dejando atrás todas esas «mochilas», que el pasado y nuestra experiencia, han puesto en nuestra espalda, como losas que nos impiden ser quienes somos por vergüenza y miedo.

Publicado en Familia, Mujeres, Niños y Niñas, Psicología, Sabías que... | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Por qué buscamos la aprobación de nuestros padres?