Hacer daño a tus hijos/as

Es algo que pasa, pasará y seguirá pasando.

Tal vez buscabais “una fórmula mágica”, pero, como os digo siempre, “yo no hago negocio mintiendo”.
Ahora bien, lo que si os puedo decir es qué podéis hacer si pasa, que de hecho, pasará.
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El motivo por el que podemos llegar a hacer daño a nuestros/as hijos/as (como a cualquier otra persona, por mucho que la amemos) no es otro que que somos seres humanos.
Personas de carne y hueso, con nuestras limitaciones, que no podemos predecir todas las consecuencias de lo que ocurre, de lo que hacemos ni cómo lo van a sentir o entender los demás, aunque sean nuestros/as hijos/as y les conozcamos muy bien.

¿Lo que si está en tu mano?

La intención y voluntad que pongas en lo que haces.

Y en caso de que el daño ocurra, lo que hagas con ello.

La mayoría de las veces, de hecho, niños/as o no, lo que nos hace daño no es el hecho en si, sino lo que significa para nosotros/as.

Así que, como padres, como madres, vuestra labor va a ser siempre dar cariño, amor, respaldo, confianza, seguridad, comunicación, información, comprensión, diálogo y apoyo a vuestros/as hijos/as.
El resto, siento deciros, escapa a vuestro control.

Cuando la relación es fuerte, el vínculo seguro y estrecho, hay respeto, confianza y amor, me atrevería a decir que no hay prácticamente ningún daño que no se pueda “subsanar” o gestionar.

La mejor prevención, por tanto, ante un posible daño o un daño que, de hecho, ha ocurrido, es un vínculo afectivo seguro, el amor incondicional y la comunicación “sin censuras” por y hacia vuestros/as hijos/as.

En algunas ocasiones, el daño es “necesario”.

Imaginaros que se os ha salido el hombro.
El tratamiento es “volver a colocaros el hombro en su sitio”.
Pero eso duele, hace daño. Entonces…
¿Lo colocamos o no?
¿Qué harías si fuera el de tu hijo/a?

Nunca quisiéramos dañar a quien amamos, menos aún a nuestros/as hijos/as.
Cuando eso ocurre, nos duele a nosotros/as, como muchas veces decimos, más que a ellos/as, incluso.
Se que queremos evitarlo, prevenirlo, por todos los medios.
Sin embargo, hay ocasiones en que, ese empeño, puede llegar a causar un daño aún mayor.

Tal vez hayáis oído hablar de los/as “padres/madres helicóptero”, para referirse a patrones de comportamiento sobreprotectores, de padres y madres que intentan, por todos los medios, precisamente evitar cualquier daño o potencial peligro a sus hijos/as, de modo que “sobrevuelan” alrededor de sus hijos, a modo de escudo protector contra todo y todos/as.
El resultado es que causan en sus hijos inseguridad, sensación de desprotección y miedo.
Miedo que hace que sus hijos/as no se atrevan a enfrentarse a las situaciones de su vida diaria generando, en consecuencia, una relación dependiente con sus padres y madres, lo cual redunda, a su vez, en una baja autoestima y percepción de baja autoeficacia de los/as niños/as.
A esto es precisamente a lo que me refería con “un daño aún mayor”.

Todos/as en nuestras vidas hemos experimentado dolor, nos guste o no, es parte de la vida.
Es más, la mayoría consideramos que, precisamente todo eso que hemos vivido, todo ese dolor, nos ha hecho más fuertes, nos ha convertido, en cierto modo, en las personas que somos.

Desde luego que no estoy hablando de “dolor o daño gratuito” o de exponer a los/as niños/as a las situaciones o a sus miedos “a las bravas”.
Lo que digo es que el dolor, como el miedo, son necesarios, por eso están ahí, ahora bien, no hay nada que nos de más fuerza que la mano firme de nuestros/as padres/madres cuando eso ocurre, esa seguridad, el saber que, pase lo que pase, nos enfrentemos a lo que nos enfrentemos, pasemos el dolor que pasemos, en nuestras vidas, hay una/s persona/s que está ahí para nosotros/as, incondicionalmente, con todo su amor y su apoyo.

Cuando esto ocurre, cuando vemos, sentimos, sabemos, tocamos, esa mano, nos sentimos capaces de “comernos el mundo”, de enfrentarnos a lo que sea, somos capaces de todo.

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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