WhatsApp…

¿Herramienta de comunicación o de tortura?

Creo que es una pregunta que todos/as, en algún momento, nos hemos planteado, de una manera u otra.

Hemos pasado de mirar fijamente al teléfono, y descolgar y volver a colgar el teléfono (para asegurarnos de que “tenemos línea”, claro) esperando que entre la “llamada deseada”, a mirar fijamente el estado y la última hora de conexión en WhatsApp de “esa persona”.
Pensando que por arte de magia y de “birli birloque”, nuestra “energía psíquica” hará que, “esa persona” se sienta inspirada e irremediablemente motivada para escribirnos.

Visto de otro modo, esta herramienta, puede permitirnos aprender a “demorar la recompensa”, es decir, a “dejar de esperar” un refuerzo inmediato (que en este caso sería que nos contestaran).

La realidad, en muchas ocasiones, es bien distinta, porque ni nos planteamos “esperar”.

Las preguntas se nos acumulan:
¿Por qué no me contesta, si escribí a esa persona hace dos minutos y veo que está “en línea”?
Esa persona me ha dicho que está trabajando y no puede atender el teléfono, ¿cómo es posible entonces que la haya visto conectada hace 5 minutos y no me haya contestado o escrito?
Se supone que “no hace mucho caso al teléfono”, ¿por qué entonces la he visto conectada, a esa persona, durante dos horas?
¿Me está engañando?
¿”Pasa de mi”?
Y así, un largo, etcétera.

“Miles de años de evolución, y la incertidumbre sigue siendo la emoción que peor gestionamos los seres humanos”.

Algunos/as pensarán que esto sólo le ocurre a las personas obsesivas, o a las personas a las que les gusta el drama, o las personas “dependientes emocionalmente”, o a las personas, que directamente están “desesperadas”.

Seamos sinceros/as, no es sólo cosa de nuestro/a vecino/a.

Todos/as somos seres humanos, todos/as queremos conectar con alguien, todos/as queremos amor, todos/as queremos que “las cosas vayan bien”, todos/as queremos “seguridad”, “certidumbre”, de un modo u otro.

Aunque podamos pensar, que la única certidumbre que podemos tener en esta vida, es que vamos a morir, algún día, no es del todo así.
Hay certidumbres que podemos tener.

Cuando abrimos los ojos a la realidad y aceptamos que, las cosas son como son, no como nos gustaría, un abanico bien amplio se abre ante nosotros/as.

Teniendo todo esto en cuenta, amigos y amigas…

Coger “el santo teléfono”, meterlo en un cajón (ponerlo en silencio primero), poneros una de esas canciones que “resucitarían a un muerto”, y dedicaros a vivir vuestra vida.
Total, esperéis o no, miréis fijamente el teléfono o no…
¡Eso no va a cambiar nada!
Miento, sólo cambiará una cosa, convertirá vuestro dolor en sufrimiento.

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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