¿Cambiamos las personas?

¿En lo esencial?

No, no cambiamos.

Podemos cambiar la forma de gestionar las cosas, de interpretarlas, de entenderlas, de gestionarnos a nosotros/as mismos/as y entendernos, de comportarnos en determinadas situaciones muy concretas; podemos aprender nuevos recursos, nuevas técnicas, a tomar decisiones, a hablar en público, a afrontar nuestros miedos… Y muchísimas otras cosas.
Y todo esto que podemos llegar a cambiar y aprender tiene un requisito previo indispensable:
¡Querer cambiar, de verdad!

No porque otro me lo pida, no porque sea más conveniente, no porque me sienta presionado/a u obligado/a a hacerlo, no como resultado de un ultimátum, no porque me obliguen directamente a hacerlo,…

Tal vez, durante un tiempo, efectivamente cambiemos, pero los cambios no perdurarán…
En realidad, todos/as lo sabemos, pero a veces nos aferramos a que “las cosas cambien”, a pesar de todo.

No ya sólo las cosas, sino las personas.
Se nos atribuye normalmente a las mujeres la esperanza y perseverancia porque nuestras parejas cambien y por intentar cambiarlas.
Sin embargo, como pasa muchas veces con esas distinciones arbitrarias entre hombres y mujeres, no existen en realidad.
También hay hombres que “esperan” e intentan que su parejas cambien.
Me remito simplemente a lo anterior, las personas no cambiamos en lo esencial, y en lo que cambiamos y cuándo cambiamos, depende sólo de nosotros/as mismos/as, no hay nada que los demás puedan hacer o decir.

Como el agua, nuestro “ser” encuentra su camino, tiene la tendencia que tiene y la naturaleza que tiene, y es la que va a seguir.

Quienes somos, no cambia.

Tal vez os preguntéis ahora, entonces: ¿la terapia funciona?
La respuesta es un rotundo SI, la terapia funciona.
Cambiarás y, al mismo tiempo, seguirás siendo tú, porque la terapia no cambia quien eres, ni lo hace, ni lo va a hacer, no es su objetivo.
Ahora bien, la terapia tiene un requisito previo e imprescindible para que pueda funcionar:
¡Querer cambiar, realmente!

Recuerdo ahora la fábula de la rana y el escorpión, ¿la recordáis?:

Había un escorpión a la orilla del río, que quería cruzar al otro lado, pero los escorpiones no saben y no pueden nadar, así que si lo intentara por sí mismo, se hundiría y moriría.
En el río, había una rana, y el escorpión le pidió que la cruzara en su espalda, hacia el otro lado.
La rana no lo veía claro, tenía miedo, y le dijo al escorpión:
Pero, si te subes a mi espalda, me picarás y moriré.
A lo que el escorpión le contesto:
Yo nunca haría eso, piensa que si yo te pico, tu te hundirías y morirías, de modo que yo me hundiría también, y moriría como tu. Así que nunca haría eso.
A la rana le “convenció” la explicación, más o menos, y decidió hacer la “buena obra” que el escorpión le pedía.
De modo que se acercó a la orilla y permitió que el escorpión se subiera a su espalda, para llevarle al otro lado.
Cuando iban por la mitad del camino, el escorpión, finalmente y de forma irremediable, picó a la rana…
Y la rana, sintiendo ya los efectos del veneno y como se hundía, le preguntó al escorpión:
¿Por qué me has picado si sabes que tú te hundirás también y morirás, como yo?
¿Qué le contestó el escorpión?
Lo se, pero… ¡Es mi naturaleza!

Moraleja:

  • No esperes lo imposible, ni de otros/as ni de ti mismo/a, no va a ocurrir, ni con terapia ni sin ella.
  • Las personas, en lo fundamental, no cambiamos.
  • Podemos tener toda la “buena voluntad” del mundo, si no queremos cambiar realmente, no lo haremos.
  • Las personas podemos “intentar” ir en contra de nosotros/as mismas, de nuestra naturaleza.
    Pero no lo vamos a conseguir, no funcionará.
  • Más aún, si tu “intuición” te dice que algo no va a funcionar, probablemente no lo hará.
  • Así que escúchate a ti mismo/a, tomes la decisión que tomes, ya sabías lo que iba a pasar, que no te sorprenda, porque sólo te estabas engañando a ti mismo/a.

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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