Cuando se nos rompe el corazón…

Sentimos que una parte de nosotros/as muere, nos quedamos bloqueados/as, en shock.
No es sólo que no entendamos qué ha pasado, es que no sabemos qué hacer, por dónde tirar, por dónde salir, por dónde seguir.

Todos los planes que teníamos, las esperanzas, las ilusiones,…
Todo se desvanece, y no queda nada, nada a lo que agarrarnos, pero queremos agarrarnos, queremos agarrarnos con todas nuestras fuerzas.

A la negación le sigue la rabia, como en cualquier duelo.

Nos enfadamos por las promesas rotas, por las palabras que se ha llevado el viento, por los momentos en los que nos sentíamos tan felices que tocábamos el cielo y ahora nos han hecho caer de golpe, con un impacto terrible.
Nos enfadamos con la otra persona, por no apostar por nosotros/as, por no intentar solucionarlo, por no seguir amándonos, por no querer estar con nosotros/as.
Nos enfadamos con nosotros/as mismos/as por no haberlo visto venir, por no haber hecho las cosas de otra manera, revisamos cada detalle, cada situación, cada momento, en un intento desesperado de encontrar la respuesta, de averiguar qué demonios podríamos haber hecho de otra manera, para que esto no hubiera pasado (porque la negación vuelve a nosotros/as, por mucho que sepamos que ha pasado, que se ha acabado).

Y después llega la tristeza, ese vacío, esa oscuridad, que sentimos en el pecho, en el estómago, en cada parte de nuestro cuerpo.
Nos quedamos como anestesiados/as, como si al sentir tanto dolor nuestro cerebro y nuestro cuerpo simplemente desconectaran para poder sobrevivir al trauma.

Vamos como “zombies”, no sentimos ni padecemos, sólo queremos que el día pase y el siguiente, y el otro, y el otro,… y que llegue el día en que volvamos a ser nosotros/as mismos/as, que volvamos a sentir, que volvamos a sonreír, y que el dolor sea soportable, que nos deje respirar, poder coger aire.

Miles de ideas inundan nuestra cabeza, corren en círculos sin sentido, una y otra vez, es casi obsesivo.
Buscamos respuestas incesantemente, algo que nos haga entender y superar lo ocurrido.
Pensamos en la otra persona constantemente y en lo ocurrido, intentando dar sentido a un sinsentido, algo que nos de la clave para el puzzle cuyas piezas han saltado en mil pedazos y que nos permita recomponernos, dar un nuevo sentido a todo eso que pensábamos y creíamos saber sobre el/la otro/a, sobre nosotros/as y sobre la relación que teníamos.
Qué pensamos ahora de la otra persona, qué pensamos ahora de nosotros/as mismos, qué vamos a hacer, qué actitud vamos a tomar, si vamos a llamar o a escribir o no, si vamos a contestar sus llamadas y mensajes o no, qué queremos, qué sentimos, qué pensamos de la relación que teníamos, si volveríamos a intentarlo o no, si la otra persona querrá volver a intentarlo o no, cómo vamos a contarlo, cómo vamos a superarlo, cómo vamos a seguir adelante con nuestra vida, cómo vamos a conseguir ser felices, otra vez.

Y las respuestas en nuestra cabeza varían según el momento.
Así que tenemos la sensación de que nos estamos volviendo “locos/as”.
Todo pasa en décimas de segundo, vamos de una idea a otra y vuelta a empezar porque, en realidad, no encontramos respuestas que nos “convenzan”, tan pronto lloramos como reímos, el caos nos ciega, el enfado y la tristeza se alternan anárquicamente, estamos en una montaña rusa que no para y nos marea, casi sentimos ganas de vomitar y dolor de cabeza por el esfuerzo que estamos haciendo, nos sentimos agotados/as, exhaustos/as pero no conseguimos dormir…

Lo único que queremos es que pare, por favor, que pare.

Y parará, en algún momento, parará.
Como dice el refrán: “no hay mal que cien años dure”.
Pero, mientras dura, no vemos la luz, simplemente, no la vemos.

Al final, negociamos con nosotros/as mismos/as una especie de “rendición” y aceptamos lo que ha ocurrido, descubriendo nuestro nuevo yo.
Pero no os voy a engañar, lleva tiempo.
Y poco a poco, paso a paso, conseguimos seguir adelante, sin saber cómo, sin saber por qué.
Con mucho pesar, con mucha tristeza, con mucha nostalgia, pero seguimos…

Si realmente ha sido alguien importante para nosotros/as, recordaremos a esa persona toda la vida, a veces con cariño, a veces con tristeza, a veces con rabia, a veces con pena, a veces sin saber cómo y por la tontería más grande que puedas imaginar.

A veces nos quedamos “enganchados/as”, no conseguimos avanzar, no conseguimos encajar el golpe y seguir.
A veces las heridas son demasiado profundas, duelen demasiado.
Si eso te ocurre, no dudes en pedir ayuda.
¡Mereces ser feliz, otra vez! ¡Y puedes conseguirlo!

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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