La tríada del mal: Control excesivo/Hiper-responsabilidad — Perfeccionismo — Procastinación

¿Por qué ese título…?

Para abrir boca, os diré que estos tres aspectos: el control excesivo/ la hiper-responsabilidad, el perfeccionismo y la procastinación, son indicadores de “rigidez mental”, factor de “mal pronóstico” a nivel psicológico, tanto por las probabilidades de padecer un trastorno como a la hora de recuperarse de él.
Ahora veréis claramente por vosotros/as mismos/as por qué.

Vayamos por partes, como diría Jack El Destripador

Control excesivo: a nivel psicológico, implica que el tipo de explicaciones que nos damos a nosotros mismos sobre lo que nos ocurre a nosotros mismos y lo que ocurre en nuestro entorno, suele tenernos a nosotros mismos como origen, causantes y responsables.

De este modo, y simplificando, si “las cosas van bien” yo soy él/la responsable, y si “las cosas van mal” yo soy él/la responsable.

Si “las cosas van bien” mi autoestima y mi auto-concepto se verán reforzados (y la idea de control, falacia de control, en realidad, también).

Si “las cosas van mal” mi autoestima y mi auto-concepto se verán seriamente dañados (y, por extraño que parezca, la idea de control también se verá reforzada, ya que en este caso la idea dominante es que “no hemos hecho suficiente”, léase: “no hemos controlado suficiente”).

Permitirme que haga notar el hecho de que nosotros somos los principales causantes de lo que nos ocurra, “bueno o malo”, no hay espacio en esta explicación para considerar otros factores, en cierto modo, nos estamos creyendo “Dioses y Diosas”. Pero lo cierto es, que el mundo no funciona así, ya que de ser así, nadie moriría por causa de catástrofes naturales, ¿no os parece?

Perfeccionismo: primer punto fundamental, LA PERFECCIÓN NO EXISTE (como le decimos a los niños respecto a los monstruos y fantasmas). La perfección es una idea, una idea ideal, no real.

¿Qué implica esto? Que por mucho que yo la busque y la persiga, no la encontraré. Lo que si es seguro es que pagaré un precio personal altísimo.

  • ¿Cuántas horas de estudio se necesitan para sacar un 5 en un exámen?
  • ¿Y para pasar de un 5 a un 6?
  • ¿Y de un 6 a un 7?
  • ¿Y de un 7 a un 8?
  • ¿Y de un 9 a un 10?

Tendemos a pensar que es una progresión lineal, es decir, vamos sumando un número fijo de una nota a la siguiente, pero esa regla de tres, en este caso, no funciona, ya que, más bien, se van multiplicando exponencialmente las horas, no sumando. Son necesarias cada vez más y más horas para alcanzar el objetivo, el nivel de exigencia es mucho mayor, la misma inversión de tiempo y esfuerzo no valdrán.

Si para pasar de un 6 a un 7, por ejemplo, he necesito invertir 10 horas de estudio, es muy posible que para pasar de un 9 a un 10 con 30 horas de estudio extra no tenga ni para empezar.

Así que, teniendo en cuenta que la perfección no existe, y que para conseguir un 10 (que no deja de ser algo arbitrario, no simboliza la perfección, como muchas veces tendemos a creer), hay que invertir muchísimo tiempo y esfuerzo, mi pregunta es: ¿merece la pena perseguir la perfección?

Porque aún hay más variables que tener en cuenta: ¿cuántas cosas he dejado de hacer en el camino de perseguir la perfección?, ¿qué coste personal he pagado? ya no sólo de tiempo y esfuerzo, sino de autoestima y auto-concepto,…

Procastinación: palabro donde los haya, significa postergar, en otras palabras “dejar para mañana lo que puedo hacer hoy”.

Se que con todo lo anterior, en cierto modo, “desentona”, pero es una consecuencia directa del control excesivo y del perfeccionismo.

Planteémoslo así:

Tengo algo que hacer (ya sabéis que si empieza por “tengo…”, tiene mala pinta… porque denota obligación, no elección, y nuestro cerebro funciona especialmente mal ante los mandatos y obligaciones… espíritus libres que somos, ya sabéis ;o).

Ese algo que hacer, desde mi perspectiva, depende casi única y exclusivamente de mi, consecuencia: “si sale bien, soy un/a campeón/a”, “si sale mal, soy un desastre”. E incluso, si sale bien, es posible que no me lo acabe de creer del todo ya que, cuando llevamos mucho tiempo expuestos a este tipo de dicotomías, y teniendo en cuenta que en este mundo, hay muchísimas más cosas (por no decir una infinidad de cosas) que no controlamos, más que las que si controlamos, lo más probable es que nuestra autoestima y nuestro auto-concepto estén bastante tocados y erosionados.

Ese algo que hacer, tengo que hacerlo perfecto, no me vale un bastante bien, y aquí vuelve la obligación, y también el nivel de exigencia desproporcionado (porque ya hemos dicho que, lo perfecto, no existe).

¿Consecuencia? Si tengo que enfrentarme a algo, que creo que depende únicamente de mí, y que el resultado “decidirá” mi valía, poniendo en riesgo mi autoestima y mi auto-concepto, en un juego de azar en el que tengo todas las de perder, ya que la perfección es inalcanzable, con lo cual, no se trata de un reto que me motive, sino que eso que me estoy planteando conseguir es un imposible,… Ahora si, ¿consecuencia? Ni si quiera lo voy a intentar.
¿Por qué? Porque tal y como esta planteado el precio es excesivamente alto, y no voy poder pagarlo, así que ¿para qué intentarlo?

Si al principio a este “mecanismo” le llamaba la tríada del mal es además porque tanto el control como el perfeccionismo tienen muy buena prensa, de hecho, son valores que nos inculcan y fomentan, tanto en la escuela como en nuestra familia, pensando que con ello nos motivan hacia la excelencia, pero lo cierto es que fomentan algo totalmente opuesto, la procastinación, el postergar que, como bien sabemos todos, tan mala prensa tiene, porque “es de vagos”.
Y en ese juego maquiavélico que pueden llegar a ser “las profecías autocumplidas“, acaba ocurriendo precisamente lo que queremos evitar, y no sólo es el postergar las cosas, sino acabar dañando tanto nuestra autoimagen que desarrollemos un cuadro depresivo muy arraigado, ya que nuestra forma y manera de ver la vida y de entenderla, están totalmente sesgadas e infectadas de este virus de tres cabezas.

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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