No me lo esperaba

Si hay algo en lo que los seres humanos seamos auténticos expertos, es en esto, en “engañarnos a nosotros mismos“.

No ver la realidad, no aceptarla, no asumirla.

Vivimos de espaldas a ella, y nos contamos el “cuento” que necesitamos contarnos para seguir haciendo lo que nos plazca, sin tener en cuenta las consecuencias.

Luego, cuando las consecuencias consiguen alcanzarnos, nos preguntamos: ¿qué demonios ha pasado?

Nos sorprende, no lo esperábamos, nos coge por sorpresa, y nos arrolla.

Pero siempre estuvo ahí, estaba ahí y está ahí.

¿Por qué hacemos esto si es tan potencialmente “peligroso”?

Nos engañamos a nosotros mismos porque es la única manera que encontramos de seguir haciendo lo que queremos hacer, sin tener que renunciar a nada, ni cambiar nada.

De hecho, es posible que podamos mantenerlo durante bastante tiempo, en una especie de “equilibrio inestable“.

Pero pagamos un precio, de eso podéis estar seguros.

Y, al final, más tarde o más temprano, tenemos que decidir, tenemos que elegir.

Elegir

Toda elección implica una renuncia.

Hagamos lo que hagamos, algo vamos a perder.
No nos gusta.

¿Qué estás dispuesto a perder?
¿A qué estás dispuesto a renunciar?

Las personas somos contradictorias, nos cuesta aceptar las consecuencias de las cosas, queremos una cosa y queremos otra a la vez, aunque sean incompatibles o mutuamente excluyentes.

Queremos un trabajo estable y seguro, que dependa de otros, y queremos libertad de decisión como tiene un autónomo, queremos un coche de lujo, pero no queremos tener que pagar un mantenimiento caro, queremos una gran casa, pero no queremos la hipoteca, queremos pagar menos impuestos de los que nos tocan, pero que no nos pillen.

Al final, es una fantasía, es una ilusión.

Porque, como os decía, todo tiene consecuencias.

El autoengaño tiene niveles, como casi todo en esta vida.

Es un mecanismo psicológico muy intrincado, y pudiera parecer que no es funcional pero, como bien sabéis, si estuviera ahí sólo para complicarnos la vida, no estaría.

A veces, la función que cumple, es darnos la oportunidad de hacer lo que, de otra manera, no sabríamos o podríamos hacer.

Si tengo un trabajo en el que no me siento valorada, que paga las facturas, pero con el que no me siento realizada, y me engaño a mi misma pensando que, en un momento u otro, las cosas cambiarán y conseguiré el reconocimiento, valoración y promoción que anhelo, es para no tener que dejar el trabajo, para no tener que enfrentarme al miedo atroz que me da cambiar de trabajo y enfrentarme a lo desconocido, la frustración monumental que sentiría si acepto el hecho de que, tal vez, nunca consiga lo que quiero a nivel laboral o incluso que no puedo llegar a donde quiero, porque no tengo las habilidades o recursos que necesito para ello, más el dolor de perder lo que, de hecho, ya tengo, aunque no me satisfaga.

Aunque parezca mentira, es posible que lleguemos a la conclusión, de que es más fácil o incluso “mejor para mi”, que me engañe, y así pueda seguir con mi vida, sin “entrar en barrena”, en cierto modo, me “protege”.
Porque, al fin y al cabo, quién dice: ¿vivo una vida que no me satisface y la elijo por miedo a las consecuencias, lo acepto y vivo feliz con ello?

Somos inconformistas por naturaleza, como bien sabéis.
Vivir sabiendo que hay otra opción que nos haría más felices, genera un conflicto interno tal (una “disonancia cognitiva“) que no podemos “tolerar”, manejar ni gestionar.
Así que buscamos, buscamos y rebuscamos una “explicación” que nos deje tranquilos y “resuelva” (aunque sea temporalmente) el conflicto:

  • Es lo mejor para todos.
  • Es lo correcto.
  • Es mejor así.
  • De haberlo hecho, me hubiera destruido a mi mismo.
  • De haberlo hecho, hubiera destrozado a las personas a las que quiero.
  • No puedo hacerlo.
  • No tengo elección.

Nuestro cerebro, como os digo siempre, tiene una función fundamental y primordial, y es protegernos.

Lo que ocurre es que, las consecuencias, tal vez sean incluso peores (una frustración perenne, insatisfacción, infelicidad y depresión, como en el caso anterior).

Al final, la realidad, más tarde o más temprano, nos alcanzará, y entonces ya no habrá donde esconderse, estará ahí.
Y nos preguntaremos: ¿qué he hecho con mi vida?

Hay casos extremos de negación.
Se dan casos muy evidentes en las adicciones a sustancias, por ejemplo, donde las personas que tienen la adicción no reconocen que tienen un problema con la sustancia (eso que se dice que es el primer paso, como ya sabréis), ya que no pueden no consumirla, aunque así lo quieran, y están destruyendo su vida en el camino.

¿Por qué ocurre esto?

Una vez más, porque si aceptarán y reconocieran el hecho de que efectivamente tienen una adicción y que les está impidiendo llevar la vida que quieren llevar, tendrían que hacer tales cambios que, muy posiblemente, a nivel psicológico y emocional, les desbordaría hasta tal punto, simplemente la idea, que creen firmemente que no van a ser capaces, no lo van a conseguir, llegando incluso a poder plantearse que supondría su propia autodestrucción si lo hacen.

Nadie quiere eso, ¿verdad?

Ya os hablé de que, el cambio es un proceso, no ocurre de la noche a la mañana, y sólo tendremos éxito si lo emprendemos cuando estemos preparados, eso también es importante tenerlo en cuenta.

Os lo digo siempre, es la naturaleza humana, lo queremos todo y lo queremos ya.
Pero las cosas no funcionan así.

Esperar a que llegue el momento, es algo que no nos gusta un pelo.
Requiere “paciencia“, pero también tolerancia a la frustración, que implica la aceptación de la posibilidad de que, tal vez, efectivamente, no lo consiga, no consiga eso que me he propuesto.

Pero, ¿qué es la vida si no tenemos el coraje de vivirla?
¿Un paseo por el parque?

La vida es de titanes, nos pone a prueba, nos cuestiona, nos desafía, nos reta, nos pone “patas arriba”, y nunca descansa, vuelve una y otra vez.

¿Por qué?

La pregunta que puede estar dando vueltas en nuestra cabeza como una noria, sin parar ni un minuto al día.

Cada uno encuentra su respuesta, no hay una única.

En mi opinión, la vida nos da la oportunidad de cambiar, de evolucionar, de aprender, de crecer, de desarrollarnos, de florecer, de resplandecer, de brillar, y si decidimos no tomar “esa oportunidad”, se encarga de ponernos numerosas y múltiples oportunidades delante de nosotros, una detrás de otra.
Obviamente, nosotros decidimos qué hacer, si tomarlas o no, pero la vida no se rinde.

¿Vas a hacerlo tú?
¿Vas a rendirte?
¿O vas a tomar las riendas de tu vida y vivirla en toda su plenitud?

Ahora ya sabéis cómo identificar si os estáis engañando a vosotros mismos pero, hay un indicador más.

Si os veis volviendo a lo mismo, una y otra vez, cada cierto tiempo, poco o mucho, es señal inequívoca de que el tema no está resuelto, no está solucionado, sigue llamando a vuestra puerta, porque la acción os está esperando.
La vida os está dando una nueva oportunidad.
¡No te rindas!

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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