¿Confías en ti misma?

Dime una cosa…

  • ¿Crees que eres una persona “de fiar”?
  • ¿Crees que eres una “buena persona”?
  • ¿Resuelves los problemas que se te presentan, aunque en un principio no sepas cómo?
  • ¿Crees que das buenos consejos?
  • ¿Estás ahí para las personas a las que quieres, cuando te necesitan?
  • ¿Confían los demás en ti?

Si tus respuestas son “Si”, entonces…

¿Por qué no confías tú en ti misma?

¿Realmente tienes motivos para no hacerlo?

En caso de que necesites aún más motivos, déjame que te cuente…

Al confiar en ti misma:

  1. Encuentras tu camino, tu paz, tu equilibrio.
  2. Cuidas y aprendes a cuidar, cada día, de ti misma.
  3. Sanas la relación y el vínculo más importante y más duradero que vas a tener en toda tu vida, contigo misma.
  4. Floreces al ser tú, tu misma, en toda tu plenitud.
  5. Cuando confías en ti dejas de buscar opinión, confirmación, cuando no aprobación, en los demás.
  6. Es una liberación extraordinaria, y también necesaria.

¿Quieres empezar a liberarte de tus cadenas?

Deja de buscar y pedir opinión, confirmación, aprobación, validación…

¿Quién te conoce mejor?
¿Quién es la persona que mejor te conoce?

Si has contestado alguien diferente a ti misma, tal vez quieras reconsiderarlo.

¿Realmente crees que otra persona, cualquier persona, puede conocerte mejor que tú misma?

Tal vez esa sea la razón por la que nos afanamos en “recolectar y coleccionar” opiniones por todas partes, cuando ni si quiera tenemos clara la nuestra, cuando ni si quiera nos paramos, ni por un segundo, a preguntarnos:
¿Qué opino yo al respecto?

Si estoy siguiendo la opinión y el criterio de los demás…
¿Estoy siguiendo mi camino o el suyo?

Hablándolo con quien lo hable, llegamos a la misma conclusión: la importancia de confiar en una misma, de que sea nuestro criterio el que prevalezca, ningún otro, para que podamos sentir por fin, que somos nosotras mismas las dueñas de nuestras decisiones, de nuestras vidas y, por supuesto, de nuestra propia confianza y criterio.

¿Y si ese criterio te dice que no confíes…?
Bien, entonces tu criterio te estás diciendo que busques otros criterios, y eso es algo positivo, está bien, no pasa nada, es constructivo, porque no lo sabemos todo ni entendemos de todo, así que habrá momentos en los que, definitivamente, necesitemos la opinión de otra u otras personas.
Te hará crecer, siempre y cuando consideres otros criterios, siendo fiel a ti misma y porque tu eliges y decides que quiere más información u otro punto de vista, no porque te sientas presionada a escuchar y seguir a otra persona, antes que a ti misma.

Tal vez pienses que para poder hacer lo que te estoy proponiendo, tienes que confiar primero en ti misma, y el resto viene después.
¡No es así!

¿Cómo vas a llegar a confiar en ti misma si no te das la oportunidad de hacerlo?

Muchas veces esperamos a que algo pase para poder actuar, creyendo que una determinada situación, o momento, o persona, que llegue a nuestras vidas nos permitirá hacer el cambio que deseamos hacer.

“Cuando ocurra…. entonces haré…”.

¿Qué te estás frenando realmente?
¿De qué tienes miedo?

 

¿Cómo sería tu vida si confiaras en ti misma y actuaras de esa manera?

¡Empieza hoy!

Prueba a decir lo que piensas, a hacer lo que consideras, a sentir lo que sientes, a ser tú misma y entonces, dime…
¿Qué pasa? ¿Algo cambia?

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Tengo miedo a estar sola

Solemos tener miedo a estar solas, sobre todo en un futuro, porque pensamos (y a veces creemos firmemente, sin tan si quiera darnos cuenta) que si estamos solas nuestra vida será vacía, triste y sin sentido, creemos que será terrible, horrible, una experiencia que evitar a toda costa.

Si tienes miedo a estar sola, no eres un “bicho raro”.
Has aprendido a tener miedo, por eso lo tienes.

Tenemos asociado y fuertemente vinculado que:
“La soledad lleva a la depresión y la depresión a la destrucción”.

Tal vez no de forma consciente, pero ahí está.

No le pasa a todo el mundo, sobre todo si tiene modelos y ejemplos en su vida de personas que envejecen sin pareja y son activas, dinámicas, alegres y felices.
Pero nuestra cultura y nuestra sociedad promueve y sostiene que tener una pareja y una familia es fundamental para el desarrollo y felicidad, de cualquier persona, por lo que damos por hecho que, de no ser así, algo muy muy importante nos faltará, algo sin lo que, prácticamente, no podremos vivir.

El amor tiene muchas formas, y alimenta nuestro corazón.
Yo, personalmente, no creo que la vida sea posible sin amor.

La pareja no es la única forma de amor, ni mucho menos.
La pareja es una forma preciosa, eso es cierto, muy enriquecedora y que puede proporcionar mucha plenitud en nuestra vida, pero no la única.

La familia es un regalo, es nuestro grupo de referencia, es nuestro sostén y nuestro “lugar seguro” al que acudir cada vez que haya “tormenta”, es parte fundamental de nuestro desarrollo afectivo y en ella hay mucho mucho amor.
Al mismo tiempo, la familia, cada vez más, es un concepto que se amplia y se expande, que habla de integración y no de exclusión.

Tal vez suene contradictorio pero, dicho todo esto, ni nuestra pareja ni nuestra familia podrán hacer por nosotras lo que nosotras necesitamos hacer por nosotras mismas:

“Crecer, desarrollarnos, evolucionar, aprender, tropezarnos, caer, levantarnos, florecer, para llegar a ser las personas que queremos y deseamos ser”.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, no paramos de buscar fuera.

Buscamos la pareja perfecta, que nos aporte todo eso que nosotras no tenemos.

Deseamos tener la familia que no hemos tenido y crear una que lo compense todo.
Todas nuestras faltas, todos los errores que nosotras cometimos y que cometieron con nosotras, esperamos “darle la vuelta a la historia” y “hacer bien lo que se hizo mal”.

Buscamos fuera.

En su lugar, yo os propongo que:

  • Invirtáis en vosotras, en ser las personas que queréis ser, que deseéis ser.
  • Dejéis de esperar que llegue alguien (pareja, familia, hijos,…) a sanar vuestras heridas y a rellenar vuestros huecos.
  • Hagáis terapia y solucionéis lo que necesitéis y queráis solucionar.
  • Hagáis limpia de cosas, de personas, de relaciones, de creencias que os limitan, de mandatos impuestos propios o ajenos, de tareas innecesarias, de quebraderos de cabeza, de “sanguijuelas emocionales”, de trabajos que exterminan vuestra creatividad y vuestra capacidad de aprendizaje y extienden los horarios hasta el infinito,… de cargas innecesarias, en definitiva…
  • Os liberéis de todo lo que no os deja ser quienes queréis ser (y de hecho, sois) y disfrutar siéndolo.

A veces nos aferramos al miedo porque pensamos que nos prevendrá de estar solas, que de ese modo, eso tan terrible que tememos, no ocurrirá.

Sin embargo, hasta que “no perdamos miedo al miedo” no nos liberaremos de un pensamiento y un sentimiento que nos hacen sufrir, limitan nuestra vida y no nos dejan disfrutar de lo que, de hecho, ya tenemos.

Ninguna de nosotras puede saber cómo se van a desarrollar las cosas, que va a pasar, cómo ni cuándo.

Si os puedo decir algo:
¡No necesitas tener miedo a estar sola!

Puedes dejarlo ir, por fin, ahora, hoy.

Lo que realmente necesitas es hacerte cargo de ti misma, de tu vida, aceptar las cosas que no puedes cambiar y que no dependen de ti y hacerte responsable de las que si puedes y quieres cambiar.

No pasa nada porque tengas anhelos y deseos, porque quieras tener una pareja o no tenerla, porque quieras formar una familia o no hacerlo.
¡No necesitas tener miedo!

Sólo necesitas confiar en ti misma y saber que, sea lo que sea lo que pase, y decidas lo que decidas hacer, vivirás la vida que quieras vivir, dentro de las opciones que tengas disponibles, y ahí estará tu felicidad, en tu vida, en ti.

Tener miedo a estar sola es algo que nos han enseñado a tener, no forma parte de nosotras, es algo que hemos aprendido.
E igual que lo hemos aprendido las mujeres, también lo han hecho los hombres.

La pregunta crucial es:
¿Vas a elegir seguir teniendo miedo?

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No todo lo que necesitas es amor… ¿De pareja?

El amor es extraordinario.

En todas sus facetas es verdaderamente lo más sublime de esta vida.

Por eso no me parece ni tan si quiera lógico pensar que el amor de pareja sea el único y definitivo que necesitemos en nuestras vidas.

Como decían en la película de “Contact”:
“Si estamos solos… ¡Cuanto espacio desaprovechado!”.

“Si el amor de pareja es el único auténtico y significativo que existe… ¡Cuanto amor desaprovechado!”.

El amor es un tema que no deja indiferente a nadie.

Quien más, quien menos, todos tenemos algo que decir: por haber tenido muchas experiencias, por haber tenido pocas, por haber sufrido, por haber disfrutado…

Todos tenemos una idea en nuestra mente de cómo son las relaciones de pareja, de qué esperar de ellas, de cómo funcionan, cuáles son “los pasos” y cuándo se tienen que dar.
Como si contáramos con un “manual no escrito de las relaciones“.

Y, en cierto modo, tiene lógica.
El “modelo tradicional” en el que nos hemos criado seguía “unos pasos” previamente establecidos, los siguieron nuestros padres y nuestros abuelos (al menos, en teoría) y damos por hecho que son los que íbamos a seguir nosotros (o eso creíamos).
Ya sabéis: “chico conoce a chica” – “chica conoce a chico”, salen un tiempo, se hacen novios, se prometen, se casan, tienen hijos, etc.

Ese modelo está obsoleto desde antes de que se “inventara”, pero cumplía una función psicológica, como la mayoría de ellos: tratar de darnos una pauta ordenada de cómo se supone que son las cosas para que podamos seguir una serie de pasos que nos lleven (supuestamente) por la vida en un “camino recto” al éxito.

Ése al menos suele ser el propósito inicial, y no me cabe duda de que su intención era buena.

Al fin y al cabo, en un mundo lleno de opciones e incertidumbres, nos da cierta seguridad (aunque no sea real) el saber qué esperar y qué va a pasar, nos tranquiliza.

Cuando nos vamos enfrentando a la realidad, cuando la vamos viviendo, paso a paso, vemos que no hay modelos posibles, que cada uno hacemos las cosas a nuestra manera, y que no hay dos formas de querer iguales ni dos parejas iguales.

Pero seguimos con la cantinela, aunque el modelo sea uno u otro, al final todo gira en torno a la pareja y a la maternidad.

La relación de pareja no da la felicidad.
No en exclusiva, al menos.

Pensarlo bien, por un momento.
Podéis tener una relación de pareja absolutamente maravillosa y que sea justo todo lo que habíais soñado y más, pero si tenéis problemas con vuestros amigos, compañeros de trabajo, no os habláis con vuestros padres o discutís con vuestros hermanos cada vez que os veis, vuestro corazón no estará completo, sentirá dolor, le faltará amor.

No pretendo hacer un listado ni relación de qué tipos de amor necesitamos o no necesitamos para ser felices, podría ser infinita.
No creo que pueda existir tal cosa, porque cada persona es diferente y su forma de amar también, no hablemos ya de su felicidad.

Buscar pareja o no buscarla, qué hacer al respecto
Podría dedicar el blog entero sólo a hablar del amor y no acabaría nunca, no hay día que no aprenda algo nuevo sobre él, y siempre consigue sorprenderme.

El amor está en cada una de las pequeñas y grandes cosas de la vida, simplemente está ahí esperando a que lo descubramos y a que lo experimentemos.

Uno de los últimos “amores” en llegar a mi vida ha sido “el amor a la naturaleza“.
Lo descubrí hará unos 3 años, nos fuimos enamorando, conociéndonos y ahora cuando estoy varias semanas seguidas sin que nos encontremos, simplemente… me falta algo.

Cuando el amor es lo que guía nuestro camino, lo encontramos a cada paso, nos acompaña y nos llena.

Tengas pareja o no la tengas, tu vida puede estar llena de amor si tu decides llenarla con él.

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Limpieza de Primavera

Cuando ponemos orden en nuestras cosas sentimos una especie de satisfacción, de tranquilidad, de quietud, de orden, por supuesto, que nos calma, nos complace.

¿Por qué será?

Podríamos hablar mucho al respecto…

Yo he empezado a leerme el libro del que tanto estoy oyendo hablar: “La magia del orden” – Marie Kondo, y os aseguro que ella lo explica con auténtica pasión, y si veis alguno de sus vídeos, no se vosotros, yo la veo realmente feliz cada vez que dobla una camiseta.

Decir que en ese orden nos resulta más sencillo desenvolvernos en nuestro día a día, nos facilita las cosas en definitiva, supongo que es algo que todas tenemos claro.

También la paz que da el saber que tenemos “nuestros asuntos en orden”, por decirlo así, y de ese modo poder centrar nuestras energías en otras actividades que tengan sentido para nosotras y nos aporten toda clase de cosas, según nuestros gustos y preferencias.

Cuando miramos a una habitación o a un armario que está ordenado sentimos algo similar al gusto que sentimos al acabar un puzzle o un sudoku, esa sensación de plenitud, de orden, de sentido.

Otra cosa es que queramos hacer la inversión de tiempo y esfuerzo que requiere esta tarea que se presenta “faraónica”.

Y es que por muy buenos motivos o razones que encontremos para hacer algo, cuando es nuestro momento para hacer algo, lo es, y cuando no lo es, por mucho que nos obcequemos, no lo es.

Yo tengo claro que es mi momento de “poner orden”, ya que metida en tarea desde hace varias semanas, distinta información va llegando a mi al respecto, como este libro, para ayudarme en mi propósito, así que claramente, es mi momento 😉

La clave es la motivación, siempre es la motivación.

Nuestra motivación mueve montañas, sin ella, las montañas se quedan en su sitio, es así de sencillo.

Yo, por ejemplo, encuentro motivación en pensar que de este modo hago sitio para todo lo nuevo que vaya a venir y al mismo tiempo redescubro cosas que ya tenía y que, unas comienzo a usar por fin, y otras que no voy a usar, puedo darles un nuevo uso, para mí o para otros.

Y  es en este punto en el que quiero haceros hincapié, aportar algo más de “sentido”, ya que soy una firme defensora del reciclaje y creyente de la “segunda vida” de las cosas para otros.
“Nada se pierde, todo se transforma”, ya lo decía Jorge Drexler.

Así que aquí comparto con todas vosotras algunas iniciativas que he conocido buscando esa manera de dar una segunda vida, un segundo uso, a cosas de las que ya he disfrutado y que me gustaría compartir dándoles un “nuevo sentido”:

Reciclaje de Ropa:
H&M por cada bolsa de ropa usada os da un vale de 5€ para gastar en su tienda:
https://www.hm.com/mx/inspiration/ladies/bring-it-on

Percentil te envía una bolsa a tu casa para que la llenes con ropa, tasa tus prendas y te compra las que le interesan, y las que no, te da opción de donarlas a ong’s:
https://percentil.com/

Móviles que ya no utilizas y que no has podido vender:
https://www.oxfamintermon.org/es/que-puedes-hacer-tu/donativos-socios/haz-un-donativo/movil-recicla

https://www.es.amnesty.org/actua/recicla-tu-movil/

En ambos casos, puedes enviarlos gratuitamente a través de Correos.

Libros: si ya habéis colaborado con la biblioteca de vuestro barrio o ciudad y otras entidades, pero seguís teniendo libros con los que no sabéis qué hacer, aquí tenéis una opción fantástica que acepta todo tipo de libros, los que sean:
http://www.tuuulibreria.org/

Comparto una idea con la autora del libro:
“La felicidad de vivir rodeada de cosas que me hacen feliz”.

Y yo añado:
“Sabiendo que las cosas que una vez disfruté y cumplieron una función para mí, que me hicieron feliz, y de las que he decidido prescindir ahora, van a cumplir una importante función para otros, lo que me hace aún más feliz”.

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¿Qué piensas de ti?

¿Cómo te ves?

¿Te gustas?

¿No te gustas?

¿Casi te gustas?

Tanta pregunta porque, al final, esto es lo importante, lo realmente importante:
Lo que tú pienses, lo que tú sientas.

Como ya habréis experimentado por vosotras y vosotros mismos, no importa la cantidad de veces que te digan que eres extraordinaria o extraordinario en algo, si tú no te lo crees, no hay nada que hacer.

La mayoría de veces que hago estas preguntas a alguien, tiene que pararse a pensar la respuesta.

¿Y tú?
¿Sabrías qué contestarme?

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“Me preocupo por ti”

Aunque, puedo preocuparme por ti, o puedo ocuparme de ti.

Si creo que necesitas atención, cariño, un abrazo, una llamada, una invitación, un hombro, lo que sea, puedo ofrecértelo, hacerte saber que estoy ahí para ti, y, por supuesto, lo mejor de todo, preguntarte:
¿Puedo hacer algo por ti?

Cuando me preocupo por ti genero una ansiedad en mi que va creciendo, que me dice que algo terrible va a ocurrir, y que tengo que estar pendiente de cada pequeño detalle, porque es la única manera de cuidar y proteger a esa otra persona a la que quiero.

No lo conseguiré.

Preocupándome no cuidaré mejor de otra persona, sólo dispararé mi angustia, y puede que la de la otra persona.
Al darle un mensaje, cuando no convencerla, de que algo terrible va a ocurrir y que tiene que estar “vigilando su espalda” para que no pase.

Se que, hasta cierto punto, suena bien eso de “me preocupo por ti”, pero no hace falta.
No necesito preocuparme ni preocupar a otra persona para cuidar de ella, para mimarla, para atenderla, para estar ahí para ella.

Es suficiente con decir:
“Estoy aquí para ti, si necesitas algo, pídemelo, si está en mi mano, estaré encantada de hacerlo por ti”.

No generemos falsas expectativas, no todo está a nuestro alcance, pero nuestra voluntad sin duda lo está.

Podemos elegir estar ahí para otra persona, sin tener que hacernos responsables de sus necesidades.
Necesidades que, por otra parte, es posible que esa persona ni si quiera tenga.

Cada uno somos responsables de nosotros mismos, y esa responsabilidad conlleva, entre otras cosas, pedir lo que necesitamos, cuidar de nosotros mismos, rodearnos de personas que nos quieran y saber con quién podemos contar, en quién podemos confiar.

Una persona que te dice: “Estoy aquí para ti”, te quiere y respeta tu individualidad y tu responsabilidad, esa persona te apoyará y respetará, no necesitará “preocuparse por ti”.

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Ocúpate de las cosas según lleguen

“Pre-ocuparnos” es lo que hacemos antes de “ocuparnos” de algo.

Pero, a diferencia de los deportistas de élite, no necesitamos esa “concentración previa” para poder ocuparnos de las cosas y conseguir los mejores resultados.

De hecho, eso de “pre-ocuparse” suele ser una inversión completamente infructuosa.

Creemos que al “preocuparnos” estaremos preparados para lo que vaya a ocurrir, que desarrollaremos habilidades, recursos y una especie de “red de contención” que harán que eso tan horrible que creemos que va a pasar, no ocurra y entonces todo irá bien.

La realidad es distinta.

Al preocuparnos, anticipamos que eso “malo” que creemos que puede llegar a ocurrir no sólo efectivamente va a ocurrir sino que, en nuestra mente, de hecho, ya está ocurriendo, con el sufrimiento de quien se encuentra indefenso, ante una situación que le hace daño pero que no puede cambiar.

Como todavía no ha ocurrido, no podemos ocuparnos de ello, no podemos hacer nada, porque todavía no ha pasado, si es que llega a pasar.

Pensaréis que soy una exagerada, pero igual que si ahora os digo que penséis en pepinillos o en que os estáis comiendo un limón y empezáis a salivar, como si efectivamente tuvierais todo ese vinagre y ácido inundando vuestra boca, de la misma manera, nuestra mente tiene el poder de hacer que nuestro cuerpo y nuestras emociones reaccionen a esas ideas y pensamientos como si efectivamente ya estuvieran pasando.

Como nuestra mente es capaz de hacer que nuestro cuerpo reaccione ante nuestro pensamiento de lo que imaginamos que va a pasar, como si fuera una realidad que está ocurriendo ya, en este momento, lo que anticipamos es el sufrimiento, que ya estamos sintiendo, en consecuencia, y no la solución.

Hasta que no pase, lo que sea que vaya a pasar, no podré ponerle remedio, no podré tomar acciones, no podre buscar soluciones.

“Pre-venir” y “Pre-ocuparse” son cosas diametralmente distintas.
Soy una firme defensora de la prevención.

“Pre-venir” significa desarrollar un plan de medidas para minimizar las probabilidades de que algo ocurra y/o sus posibles consecuencias, tomando las acciones necesarias y disponibles para poder hacer lo que llamaríamos una “prevención de daños”.

“Pre-ocuparse”, sin embargo, implica empezar a “predecir” toda suerte de catastróficas desdichas y sufrir por ello como si ya estuviera ocurriendo.

Os pongo un ejemplo muy sencillo:

Llevar hábitos de vida saludables, reduce la incidencia y severidad de posibles enfermedades, como el cáncer, y redunda en una mejor calidad de vida.
Esto es prevención.

Preocuparme por si tengo cáncer y no me lo detectan en los análisis clínicos porque, seguro que algo terrible me pasa y no lo están viendo…
Obviamente, es preocupación.

Como os podéis imaginar, la preocupación nos paraliza, el sufrimiento nos invade y nos bloquea, nos deja abatidos, agotados, sin opciones ni de estar bien ahora ni de encontrar soluciones posibles para el futuro, más aún, nos impide ocuparnos convenientemente de lo que ocurra, cuando ocurra (si es que llega a ocurrir), porque hemos gastado toneladas de energía en el sufrimiento y desgaste por algo que imaginamos que puede llegar a ocurrir pero que, de hecho, no ha ocurrido al menos, no aún.

Y si hacemos todos juntos un ejercicio de honestidad, estoy segura de que me reconoceréis que eso tan horrible que os imaginabais que podría llegar a ocurrir, en realidad, la mayoría de veces, no llega a pasar, y si algo pasa, no se acerca ni de lejos al cataclismo que avecinabais, con toda seguridad.

Somos grandes contadoras de historias, pero nos parecemos más a Mary Shelley que a J. K. Rowling.

“La realidad supera la ficción”.
Estoy de acuerdo, pero esperar lo peor no nos garantiza que vaya a ocurrir.

Ya os hablé de las “profecías auto-cumplidas” y  de la anticipación “positiva”, y de cómo podemos utilizarlas en nuestro beneficio, para “utilizar el poder de nuestra mente en nuestro beneficio”.

Como dicen los superhéroes:
“Un gran poder implica una gran responsabilidad”.

“Nuestra mente tiene un potencial infinito”, aprender a “usarla” nos guiará en nuestro camino a la felicidad.

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Confiar en ti misma

 

 

Eligiendo confiar en ti misma.
Eligiendo hacer que tu criterio sea el primero que consideres y tengas en cuenta, escuchándote a ti misma, haciéndote todas las preguntas que necesites hacerte, todas las veces que necesites hacértelas, para encontrar tus propias respuestas.

Siguiendo tu propio criterio, una y otra vez, mil veces, un millón de veces, progresivamente, y sin descanso, irás consiguiendo, confiar en ti misma, cada vez más.

Al confiar en ti misma:

  • Encuentras tu camino, tu paz, tu equilibrio.
  • Cuidas y aprendes a cuidar, cada día, de ti misma.
  • Sanas la relación y el vínculo más importante y más duradero que vas a tener en toda tu vida, contigo misma.
  • Te reconcilias contigo misma, y también, a la vez, con los demás.
  • Floreces al ser tú, tú misma, en toda tu plenitud.

Como las ganas, como la ilusión
“La confianza en ti misma la consigues confiando en ti misma”.

Quiero resaltar y hacer hincapié en que lo importante no es si tienes razón o no, si estás en lo correcto o no.
Lo importante, lo realmente importante, es que sigas tu criterio, tu camino, el tuyo, el de nadie más.

Dueña entonces de tus decisiones, de tu criterio, de ti misma, de tu vida, consigues ser entonces: “Tú misma”.

La confianza en nosotras mismas es algo que todas tenemos.
Está ahí, aunque tú no la veas.

La confianza es una semilla que irá brotando, creciendo, floreciendo y que se irá convirtiendo, progresivamente, en todo lo que pueda llegar a ser.
Irá creciendo, puede que poco a poco, puede que mucho más rápido de lo que tan si quiera hubieras imaginado, sólo tienes que ir alimentándola, cuidándola, nutriéndola, regándola.

Para confiar en ti misma no necesitas imponerte, no necesitas defenderte con uñas y dientes, no necesitas gritar, no necesitas luchar, no necesitas pelear, sólo necesitas escucharte a ti misma y ser tú.

Como ocurre con la seguridad, la confianza la irás ganando con la experiencia.
“La experiencia de ser tu misma”.

En toda elección, hay una parte de aceptación.
En este caso, tu trabajo consistirá en aceptar que no todo el mundo estará de acuerdo con tu criterio, con tus decisiones, con tu forma de ver las cosas.
No pasa nada, es normal.

Cada uno tenemos nuestro criterio, y es así como tiene que ser.
Es lo extraordinario del ser humano, cada uno somos diferentes, y somos iguales a la vez, todos tenemos nuestro criterio, todos queremos confiar en él, sentirnos seguros y sentirnos confiados.

En realidad, y aunque te pueda llegar a parecer lo contrario, a todas, a todas y cada una de nosotras, nos han educado, todas las personas que han participado y se han involucrado en nuestra educación, para que construyamos nuestro propio criterio, el nuestro.

Tú estás andando tu camino, y tratando de encontrar la manera de ser fiel a ti misma y ser feliz.
Todos los demás te acompañan en ese camino, sólo que cada uno está andando el suyo propio.

Hay ciertas encrucijadas en las que todos nos encontramos en determinados momentos de nuestras vidas, dudas que todos tenemos o vamos a tener, luchas internas que estamos tratando de resolver… Y, a veces, una de ellas es el aceptar que las demás personas no ven las cosas como yo, no tienen mi mismo criterio y no comparten mi manera de hacer las cosas, y a veces nos cuesta especialmente aceptarlo y tratamos, desesperadamente, de convencer y persuadir a los otros, porque creemos que nuestra opción es la mejor, cuando no la correcta.

Cuando te encuentres con otra persona que trata de convencerte y persuadirte, cuando te sientas presionada para abandonar tu camino, en pos de del otra persona, recuerda simplemente que esa persona está tratando también de encontrar su propio camino, lidiando con sus propias “historias”.
No sucumbas, simplemente deja que esa persona siga con su camino, y tú sigue con el tuyo.

En el momento en el que te des cuenta de que estás siguiendo tu propio camino, obteniendo tus propios resultados, que unas veces se aproximarán bastante a los que querías conseguir y que otras veces no, pero que lo crucial es, en todo este proceso, que estás siguiendo tus pasos, tu camino a la felicidad…
Ya no habrá motivo para luchas innecesarias, ni tratarás de convencer a nadie de nada, ni te rendirás ante la presión de los demás, ni dudarás de ti (salvo cuando eso sea lo que decidas hacer, para tu propio crecimiento y desarrollo personal):

¡Confiarás en ti misma!

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Confiar

Sólo oír la palabra en nuestra cabeza y nos preguntamos…

¿Cuándo?

¿Cómo?

¿En quién?

Parece que, confiar, hoy en día, es un deporte de riesgo más arriesgado y peligroso que el “salto base”.

Confiar no es un riesgo, es una garantía.
Garantía de que le estaré dando la oportunidad a los demás, y a mi misma de tener una opción, una opción real, de dar, recibir y compartir, lo mejor y lo peor que el ser humano pueda dar, recibir y compartir.

Si, ya te oigo preguntar, pero… ¿lo peor también?, ¿y si me hacen daño?, ¿y si me traicionan?

Bueno, es cierto, eso puede pasar.
Igual que cuando te enamoras, puede que no te correspondan, igual que cuando optas a un nuevo empleo, puede que no te escojan a ti, igual que cuando te compras una casa, puede que el precio baje a los seis meses…

Pero, ¿cuál es la alternativa entonces?

No enamorarte, no optar a un nuevo empleo, no comprarte una casa…

No vivir ninguna de esas experiencias para no arriesgarnos a perder, a sufrir, a experimentar dolor, y poder así seguir en nuestra “zona de confort”, en nuestra “pequeña burbuja” en la que aparentemente todo es seguro y tranquilo.
Si, seguro y tranquilo, pero, también… ¡Aburrido!

Una vez más, se que intentamos protegernos, no sufrir ningún daño, pero, eso es parte de la vida, no aceptarlo implica no vivir.

Cuando alguna vez en mi vida me han dicho:
“Cristina, es que no quiero que te hagan daño”.

Mi respuesta ha sido:
“Lo se, pero quiero vivir, y eso es parte de la vida”.

No digo que vayáis a “pecho descubierto”, obviamente, si tenéis razones objetivas para no confiar en alguien o en algo, no lo hagáis.

Lo que os digo es que decidáis, según el caso, que no optéis por la desconfianza como primera opción, y luego ya veremos.

Eso sería algo así como:
“Se le supone la desconfianza, hasta que se demuestra lo contrario”.

Se que nos duele, nos duele mucho que traicionen nuestra confianza.
Todo ese dolor y ese daño que hemos vivido y sentido, experimentado y padecido con cada una de las fibras de nuestro maltrecho corazón, y que aún recordamos en nuestra piel, tal vez incluso con alguna cicatriz que otra.

Pero eso significa, ni más ni menos, que: ¡Habéis vivido!

Recuerdo la primera vez que fui a hacer una ruta de senderismo, con mi cazadora de todos los días y mi mochila de piel, con un chándal cualquiera, sin bastones y con un calzado que no era el más indicado.
Fue a finales del invierno, había estado lloviendo y había muchas hojas en el suelo, un barrizal asegurado con pretensiones de “pista de patinaje”, como podéis imaginar.
¿Qué creéis que paso?

Pues si, me caí, me caí “con todo el equipo”.
Conseguí cruzar el río sin bañarme dentro, pero en una bajada por la ladera de la montaña, me caí.

Me caí, y me levanté.

Y una de las personas que iba conmigo se acercó a ayudarme, a ver si estaba bien y a echarme una mano para que me levantara.
Me miro sorprendida, y después de un poco de charla me preguntó: ¿a ti esto te gusta mucho, verdad?

Me quedé un poco sorprendida con la pregunta, sonreí y contesté que era la primera vez que me apuntaba e iba a una actividad como esa pero que si, efectivamente, me encantaba.
A lo que me contestó, como si leyera la pregunta en mi cara: me lo imaginaba, porque no te has quejado, ni si quiera a pesar de haberte caído.

Mi razonamiento fue muy sencillo: no llevo el equipo adecuado, es la primera vez que vengo y además todas las condiciones son idóneas para que alguno nos caigamos, más aún, la única opción de no caerme es quedarme sentada en el sofá de mi casa, y aún así, puedo dar un traspiés.
Elijo estar aquí y asumo que me voy a caer, que me puedo caer.
Además, ¿qué es una caída, teniendo en cuenta la naturaleza espectacular de la que estamos disfrutando?

Una caída, para mí, es sólo eso una caída.
Te caes y te levantas, y sigues tu camino.

Confiar en ti mismo es lo más importante.
Confiar en que igual que te has caído, te levantarás, y que siempre habrá alguien dispuesto a tenderte la mano para ayudarte, aunque sea una persona a la que no conoces, aunque sea alguien de quien, definitivamente, no te lo esperas.

Cuando nos despedimos, al bajar del autobús, me dijo:
ha sido un placer, ya volveremos a coincidir.

Esta persona lo tenía claro, y yo también.
Iba a volver.
Y, efectivamente, volví.

Me encanta la vida, me encanta vivir.
Quiero vivirla, en toda su complejidad y complicación.

Así que me caeré, me traicionarán, me engañarán,…
Bueno, es parte del viaje, y yo no quiero perderme nada.

Hay “estaciones” en las que prefiero no quedarme demasiado tiempo.
La desconfianza es una de ellas.

Yo elijo confiar, porque elijo vivir, en este maravilloso mundo, en el que la mayoría de las personas, por otra parte no son psicópatas ni sociópatas, aunque de todo hay.

La mayoría de la gente que nos encontraremos en nuestro camino es absolutamente extraordinaria (la persona de la que os hablaba más arriba, por poneros un ejemplo, me dejó sus bastones para ayudarme… Gente extraordinaria, ya os digo), y yo quiero disfrutar de la experiencia de tenerlas en mi vida, y no dejar que la desconfianza me prive de ello.

Elije confiar.
Elije vivir la vida en su plenitud.
Confía en tus decisiones.

Confía en tu criterio.
Confía en ti.
De lo demás, ya te irás ocupando según llegue 😉

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Piensa mal y… ¿Acertarás?

Hace unos días lo hablaba con una paciente, ella reconocía que es una creencia muy asentada en su pensamiento y, como a mí, le daba mucha tristeza pensar así, y saber que es una de las creencias que nos va moviendo por el mundo.

Entiendo que según la experiencia que hayamos tenido cada uno, el entorno en el que nos hayamos relacionado y de las personas involucradas en según qué situaciones, es posible que hayamos llegado a esa conclusión, pero eso no significa que esta creencia realmente represente la realidad, toda la realidad.

Como muchas otras creencias, no sólo nos permiten interpretar nuestra realidad, sino que en este caso concreto, supuestamente al menos, cumple la función de “protegernos ante una amenaza”, los demás.

No se qué pensaréis vosotros, pero yo no creo que nos ayude a estar “mejor preparados” para lo que pueda llegar a ocurrir, ni nos haga afrontar nuestra vida, ni nuestro día a día de una forma positiva y constructiva.

¿Cómo vamos a ir por la vida si pensamos que “los otros” son una amenaza?

Esta creencia: “Piensa mal y acertarás”, contribuye al aislamiento, a la suspicacia, al recelo, a la desconfianza, alimenta la angustia, la ansiedad, la agresividad, la ira, también la tristeza y la desesperanza.

Todos queremos prevenir cualquier posible daño, anticipar el vendaval y, así, poder estar preparados para que no nos pille desprevenidos y desprotegidos.

Nuestro instinto de supervivencia está ahí, y es cierto que nos protege de muchos peligros.
Sin embargo otros, directamente, no existen.

Muchos padres educan a sus hijos en esta creencia, esperando protegerles de cualquier mal, de cualquier daño posible.
Pero no lo hacen, en su lugar, lo que fomentan es que sus hijos tengan miedo, de todo y de todos, que sean desconfiados y tengan su “sistema de alerta”, permanentemente encendido, a la espera de la debacle.

Esperar lo peor no va a protegernos de nada, por contra, nos hará vivir lo que vivamos, con miedo, ansiedad y desconfianza, con la sensación de tener que protegernos de todo y de todos, si queremos salir “ilesos”.

Se que hay ocasiones en las que, efectivamente, parece que ese principio puede aplicar pero, realmente, ¿os ha hecho estar más preparados para lo que pasó a continuación?

No creo que ser desconfiado sea la respuesta ni la solución.

Tomarnos tiempo para conocer a las personas que nos rodean, cultivar nuestros recursos, tener relaciones nutritivas, apoyos que nos alimenten y alienten, y vivir con los ojos bien abiertos, concentrados en lo que está pasando realmente, y no en la película de terror o de fantasía, según el caso, que nos estamos imaginando en nuestras cabezas, será lo que nos permita cuidar de nosotros mismos.

Reconozco que la idea de tener un mecanismo que nos proteja y prevenga es tentador pero, como suele ocurrir, tenemos que plantearnos también qué precio estamos dispuestos a pagar por ello y, desde luego, evaluar de forma empírica y objetiva si realmente ese recurso funciona o no.

Me explico.

Si yo pienso que, cada vez que acudo a la consulta o despacho de un profesional, el objetivo primordial de ese profesional va a ser “sacarme el dinero” y despacharme lo antes posible, obviamente, no me voy a fiar de su criterio, y voy a tratar de evitar, por todos los medios, ir a su consulta o despacho.
Cuando finalmente vaya, porque no me quede más remedio, mi situación será bastante crítica, y por ese motivo precisamente también, estaré más alerta aún de cualquier cosa que ese profesional pueda decir o hacer, ya que la amenaza potencial será mayor.

De este modo, puede que consciente o inconscientemente, ponga a ese profesional a prueba, cuestionando su criterio y su juicio, rebatiendo sus argumentos, entrando en una confrontación, cuando no discusión, estéril y sin sentido.
Mi actitud será desafiante y poco conciliadora, de modo que, con bastante probabilidad, conseguiré que dicho profesional se muestre a la defensiva, cauto, prudente, y puede que me de menos información de la que, posiblemente, me daría en otras circunstancias, no porque esté haciendo mal su trabajo o porque sea un mal profesional, sino porque él mismo sentirá la necesidad de “protegerse ante la amenaza”, que en este caso, seré yo y mi actitud.

Por supuesto que no tenemos que confiar “ciegamente” en el criterio de un profesional, sólo porque lo sea, pero tampoco tenemos por qué desconfiar por sistema de su criterio, simplemente porque se trate de un profesional y se gane la vida con ello.

Si no estás de acuerdo con su criterio, busca otro profesional, es así de sencillo.
No necesitas ponerle a prueba, ni ser receloso, ni acudir a su oficina a hacerle un examen, ni mostrarte a la defensiva.
Consúltale, y si no te convence, busca a otro profesional, no pierdas tu tiempo en confirmar tu teoría de que “Piensa mal y acertarás”.

Soy muy consciente de que mucho de lo que pasa a nuestro alrededor nos invita, cuando no nos empuja con bastante fuerza, a no confiar en nada ni en nadie, pero con esa actitud lo único que nos garantizaremos será que no podamos confiar, precisamente en nadie, y que nadie confíe en nosotros.

No pretendo deciros que confiéis en todo el mundo, no creo tampoco que sea la solución.
Como os decía más arriba, simplemente tomaros vuestro tiempo para conocer a las personas, y entonces decidir.

Más importante es aún que os toméis tiempo para conoceros a vosotros mismos y entenderos mejor, para saber cómo actuáis y cómo reaccionáis, según la situación.

Recuerdo un experimento que vi en una ocasión.
En él había dos grupos, llamémoslos: “los confiados” y “los desconfiados”.
Se sorteaba un viaje, y una vez que la persona lo ganaba, se le pedían sus datos personales para concretarlo, entre ellos su tarjeta de crédito, diciéndole al ganador que era para los posibles gastos que tuviera una vez allí, que no estuvieran incluidos en el paquete regalo, sólo como garantía.

Supongo que pensaréis que “los confiados” aceptaban de buena gana y que “los desconfiados” se negaban en rotundo.

No era eso lo que pasaba.

“Los desconfiados” hacían toda clase de preguntas a la persona que les estaba entregando el premio y explicándoles las condiciones, pensando que como efectivamente, se habían dado cuenta de “el engaño”, con sus preguntas podrían desbaratar el plan del “timador” y conseguir el premio sin correr ningún peligro ni ser estafados.
De este modo, cuando conseguían todas las respuestas y quedaban satisfechos, no sólo por sus respuestas sino por su agudeza y perspicacia al haber sido capaces de “protegerse de la amenaza”, acababan accediendo a dar su tarjeta de crédito.

Por contra, “los confiados”, sabiéndose confiados como eran, no accedían a dar sus tarjetas porque estaban convencidos de que, siendo confiados como son, muy probablemente les engañarían y ellos no se darían cuenta, porque su tendencia es a confiar, de modo que ni si quiera entraban muy en profundidad en hacer preguntas ni cuestionamientos, simplemente, se negaban a dar su tarjeta de crédito.

Me diréis: ¿Ves? “Piensa mal y acertarás”.

Bueno, yo saco otra conclusión.

Si algo no te gusta, no te convence, no lo ves claro, no acabas de entenderlo bien o, simplemente, no quieres participar porque sabes que eres “confiado”, no lo hagas.

No necesitas pensar mal de los demás, cargar con toda esa suspicacia y ansiedad, que te contaminan y envenenan; es infinitamente más interesante que pienses en ti y en cómo eres tú, de modo que hagas lo que sea mejor para ti, independientemente de lo que quieran o pretendan los demás conseguir.

Prestamos tanta atención a los demás y a sus intenciones que nos olvidamos de nosotros, de cómo somos, de qué queremos.

Entramos en auténticas labores de ardua investigación, completamente infecundas, tratando de averiguar por qué alguien está haciendo lo que está haciendo y qué pretende, que ni nos paramos a pensar en cómo lo vemos nosotros y si queremos participar en ello o no.

Como ya os expliqué en una ocasión, no necesito saber cómo se ha pinchado un neumático para poder cambiarlo.

Si, tal vez satisfaga mi curiosidad y mi interés, y me permita tener “un mapa bastante organizado” (al menos, aparentemente), por decirlo así, de qué ha ocurrido y cómo, pero ahí no estará la respuesta que estoy buscando, la que realmente necesito.

Aprender a conocernos a nosotros mismos y a entendernos, eso nos permitirá rodearnos de las personas que realmente queremos tener en nuestra vida y relacionarnos como realmente queremos relacionarnos, teniendo en nuestras vidas lo que queremos tener y a quienes queremos tener, y no necesitamos sospechar de todo el mundo ni vivir con una coraza, siempre alerta, protegiéndonos de los demás y al acecho.
Eso no es vivir, es estar en “modo combate” constantemente y no disfrutar de nada ni de nadie que pase por nuestras vidas.

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