Confiar

Sólo oír la palabra en nuestra cabeza y nos preguntamos…

¿Cuándo?

¿Cómo?

¿En quién?

Parece que, confiar, hoy en día, es un deporte de riesgo más arriesgado y peligroso que el “salto base”.

Confiar no es un riesgo, es una garantía.
Garantía de que le estaré dando la oportunidad a los demás, y a mi misma de tener una opción, una opción real, de dar, recibir y compartir, lo mejor y lo peor que el ser humano pueda dar, recibir y compartir.

Si, ya te oigo preguntar, pero… ¿lo peor también?, ¿y si me hacen daño?, ¿y si me traicionan?

Bueno, es cierto, eso puede pasar.
Igual que cuando te enamoras, puede que no te correspondan, igual que cuando optas a un nuevo empleo, puede que no te escojan a ti, igual que cuando te compras una casa, puede que el precio baje a los seis meses…

Pero, ¿cuál es la alternativa entonces?

No enamorarte, no optar a un nuevo empleo, no comprarte una casa…

No vivir ninguna de esas experiencias para no arriesgarnos a perder, a sufrir, a experimentar dolor, y poder así seguir en nuestra “zona de confort”, en nuestra “pequeña burbuja” en la que aparentemente todo es seguro y tranquilo.
Si, seguro y tranquilo, pero, también… ¡Aburrido!

Una vez más, se que intentamos protegernos, no sufrir ningún daño, pero, eso es parte de la vida, no aceptarlo implica no vivir.

Cuando alguna vez en mi vida me han dicho:
“Cristina, es que no quiero que te hagan daño”.

Mi respuesta ha sido:
“Lo se, pero quiero vivir, y eso es parte de la vida”.

No digo que vayáis a “pecho descubierto”, obviamente, si tenéis razones objetivas para no confiar en alguien o en algo, no lo hagáis.

Lo que os digo es que decidáis, según el caso, que no optéis por la desconfianza como primera opción, y luego ya veremos.

Eso sería algo así como:
“Se le supone la desconfianza, hasta que se demuestra lo contrario”.

Se que nos duele, nos duele mucho que traicionen nuestra confianza.
Todo ese dolor y ese daño que hemos vivido y sentido, experimentado y padecido con cada una de las fibras de nuestro maltrecho corazón, y que aún recordamos en nuestra piel, tal vez incluso con alguna cicatriz que otra.

Pero eso significa, ni más ni menos, que: ¡Habéis vivido!

Recuerdo la primera vez que fui a hacer una ruta de senderismo, con mi cazadora de todos los días y mi mochila de piel, con un chándal cualquiera, sin bastones y con un calzado que no era el más indicado.
Fue a finales del invierno, había estado lloviendo y había muchas hojas en el suelo, un barrizal asegurado con pretensiones de “pista de patinaje”, como podéis imaginar.
¿Qué creéis que paso?

Pues si, me caí, me caí “con todo el equipo”.
Conseguí cruzar el río sin bañarme dentro, pero en una bajada por la ladera de la montaña, me caí.

Me caí, y me levanté.

Y una de las personas que iba conmigo se acercó a ayudarme, a ver si estaba bien y a echarme una mano para que me levantara.
Me miro sorprendida, y después de un poco de charla me preguntó: ¿a ti esto te gusta mucho, verdad?

Me quedé un poco sorprendida con la pregunta, sonreí y contesté que era la primera vez que me apuntaba e iba a una actividad como esa pero que si, efectivamente, me encantaba.
A lo que me contestó, como si leyera la pregunta en mi cara: me lo imaginaba, porque no te has quejado, ni si quiera a pesar de haberte caído.

Mi razonamiento fue muy sencillo: no llevo el equipo adecuado, es la primera vez que vengo y además todas las condiciones son idóneas para que alguno nos caigamos, más aún, la única opción de no caerme es quedarme sentada en el sofá de mi casa, y aún así, puedo dar un traspiés.
Elijo estar aquí y asumo que me voy a caer, que me puedo caer.
Además, ¿qué es una caída, teniendo en cuenta la naturaleza espectacular de la que estamos disfrutando?

Una caída, para mí, es sólo eso una caída.
Te caes y te levantas, y sigues tu camino.

Confiar en ti mismo es lo más importante.
Confiar en que igual que te has caído, te levantarás, y que siempre habrá alguien dispuesto a tenderte la mano para ayudarte, aunque sea una persona a la que no conoces, aunque sea alguien de quien, definitivamente, no te lo esperas.

Cuando nos despedimos, al bajar del autobús, me dijo:
ha sido un placer, ya volveremos a coincidir.

Esta persona lo tenía claro, y yo también.
Iba a volver.
Y, efectivamente, volví.

Me encanta la vida, me encanta vivir.
Quiero vivirla, en toda su complejidad y complicación.

Así que me caeré, me traicionarán, me engañarán,…
Bueno, es parte del viaje, y yo no quiero perderme nada.

Hay “estaciones” en las que prefiero no quedarme demasiado tiempo.
La desconfianza es una de ellas.

Yo elijo confiar, porque elijo vivir, en este maravilloso mundo, en el que la mayoría de las personas, por otra parte no son psicópatas ni sociópatas, aunque de todo hay.

La mayoría de la gente que nos encontraremos en nuestro camino es absolutamente extraordinaria (la persona de la que os hablaba más arriba, por poneros un ejemplo, me dejó sus bastones para ayudarme… Gente extraordinaria, ya os digo), y yo quiero disfrutar de la experiencia de tenerlas en mi vida, y no dejar que la desconfianza me prive de ello.

Elije confiar.
Elije vivir la vida en su plenitud.
Confía en tus decisiones.

Confía en tu criterio.
Confía en ti.
De lo demás, ya te irás ocupando según llegue 😉

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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