Aceptación

Significa abrazar lo que ha ocurrido y ocurre, sin luchar contra ello, sin revelarse, sin enfurecerse, simplemente dejando que esté ahí y actuando en consecuencia.

He buscado definiciones pero no me han convencido, así que ahí os esbozo la mía y os la explico a continuación.

Hay muchas, muchísimas cosas que nos cuesta aceptar:
Que no me han dado el trabajo o puesto que yo quería, que mi pareja ya no quiere seguir a mi lado, que no consigo perder peso, que no aprendo todo lo rápido que me gustaría, que mi casa no me gusta, que mi madre o mi padre no son como a mi me gustaría, o que no me entienden y quieren tal y como soy, que por mucho que me esfuerce no recuperaré la silueta de cuando tenía 20 años, o el trabajo que tenía hace 10 o a la pareja que me dejó…

En general, podemos decir que son cosas que han ocurrido u ocurren y yo no quería que pasaran o que pasen.

Mi mente se esfuerza por encontrar «la solución», dando por hecho que depende de mi, y en muchas ocasiones, lo cierto es que, no lo hace.
A pesar de todo, y al menos durante un tiempo, tratamos de cambiar nuestro pasado y nuestro hipotético futuro, con todo nuestro ahínco, en un esfuerzo casi sobrehumano de no sentir tanto dolor.

Cuando una persona acepta cualquiera de estas situaciones, no se desespera pensando en qué pasará, en cómo cambiarlo, trazando estrategias, orquestando la construcción de todo un castillo de naipes que arme la alternativa que persigue y la haga más factible.
Más aún, no se sorprende, no se vuelve a enfadar por lo que ha pasado, una vez más, porque al aceptar que las cosas son como son, ya sabe que volverá a ocurrir, que de hecho iba a ocurrir.

Aceptar no es resignarse.
La resignación implica desazón, dolor.
Nos resignamos porque «no nos queda más remedio», pero la pena sigue ahí, así que, en cierto modo, la lucha sigue abierta porque nuestro «equilibrio» aún no se ha restituido.

La aceptación no es una cuestión de todo o nada.
Creo que más bien es un proceso, como ocurre con el duelo.
Puedes aceptar unas partes y no otras.
Puedes aceptar que no vas a perder peso, pero no aceptar tu cuerpo tal y como es.
Puedes aceptar que alguien se ha ido, pero no que no volverás a ver a ese alguien.

La aceptación es otra de esas cosas que aprender en la vida, nos guste o no.
Porque no aceptar las cosas implica vivir anclado en el pasado, sufriendo por un incierto futuro, que auguramos desastroso.

Aceptar nos libera.
No aceptar nos deja anclados en el dolor y el sufrimiento.

Entonces, ¿por qué hay algunas cosas que nos cuesta tanto aceptar?
Bueno, puede que aún no estemos preparados/as y aún nos quede dolor que sentir, puede que en realidad aún no sea el final y nos estemos «obligando» a aceptar lo que ni si quiera ha ocurrido aún, puede que sea tan doloroso y desgarrador que pensemos que aceptarlo le quita, en cierto modo, sentido a nuestras vidas, puede que no queramos dejar atrás lo que conlleva dejar atrás la aceptación de lo ocurrido, puede que simplemente tengamos una «pataleta monumental»,…

Por un lado, anhelamos tener algo en lo que creer, porque nos parece casi imposible creer, por eso…, por otro lado, nos cuesta mucho creer, será también por eso que tanto lo anhelamos.

Tener esperanza implica «esperar».
Las tradiciones budista e hinduista te dirán que lo mejor es «no esperar nada» para que así no crezcan en ti la frustración, la desesperanza, la rabia, el dolor,…
Yo, la verdad, no tengo claro hasta qué punto esto es así.

Porque si no esperamos nada, si no tenemos esperanza, hasta cierto punto, ¿para qué seguir?

Yo elijo creer que las cosas mejorarán, por «encabronadas» que puedan llegar a estar en este momento.
Por supuesto que no se qué va a pasar y que no tengo ninguna garantía de que vayan a mejorar.
¿Pero es que acaso pensar lo contrario me va a ayudar más?

Hace ya tiempo entendí, que la vida es justo tal y como nosotros/as queramos que sea.
Me explico.

Las cosas son, ocurren, suceden, eso es innegable.
Ahora bien, cómo me las tome yo y que haga con ellas será lo que determine mi vida y mi camino por ella, no los hechos en sí mismos.

Puedo vivir mi vida con aceptación y el corazón abierto, a lo que la vida me depare, con alegría y esperanza, con amor y optimismo, aunque la vida, en este momento, no me esté devolviendo esto mismo, o puedo vivir mi vida con frustración y mi corazón cerrado, con suspicacia y temor, con rabia u odio y pesimismo.

Pero, al final, y me lo tome como me lo tome, si algo terrible o algo maravilloso va a ocurrir, ocurrirá igualmente.
La diferencia es que hasta que ese momento llegue, yo habré vivido con ilusión y alegría, o con tristeza y angustia.

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Romper el círculo

Uno de esos «círculos viciosos» en los que todos/as, en algún momento, nos metemos sin siquiera darnos cuenta, y de los que no sabemos cómo salir.

El primer paso, es tomar conciencia, darte cuenta.

El segundo, no esperar a que la otra persona de el paso.
(En caso de que el círculo sea «sólo tuyo», no esperes a que nadie haga algo, eres tú quien tiene que hacerlo, de hecho, quien puede hacerlo).

Tendemos a creer que el que da el primer paso «pierde», en esa «absurda competición» en la que muchas veces convertimos las relaciones, en las que, supuestamente, «uno/a quiere más», «uno/a arriesga más», «uno tiene la posición de debilidad», de modo que, el que da «el primer paso», es el/la que «pierde».

Yo, sin embargo, me lo planteo así: si tu eres el/la primero/a que se ha dado cuenta de algo, lo que sea, ¿por qué esperar a que sea el/la otro/a el/la que dé el paso?
Yo cuento con que la persona con la que estoy me quiere, no quiere hacerme ningún daño, y quiere lo mejor para los/las dos, de modo que, si se diera cuenta antes que yo, por el motivo que fuera, actuaría o, al menos, me lo diría, para que buscáramos una solución juntos/as.
No se vosotros/as, pero yo no querría estar con alguien que, pudiéndome «ahorrar» un día de sufrimiento, no lo hiciera.

Así que, para mí, el tercer paso, es compartirlo con la otra persona.

Cuarto, si ya sabes cómo «resolverlo», propónselo, sino, buscar una solución juntos/as.

En caso de que la situación esté «muy encabronada», yo os recomendaría que os plantearais un «golpe de efecto», es decir, hacer algo que lo cambie «todo».
Algo que demuestre «amor a raudales», será un punto de inflexión.
Es el quinto paso.

A veces, las palabras sobran, es más, ya están «tan sobadas», que empiezan a no significar «nada».

No tengáis «miedo a cagarla», en realidad, el «no» ya lo tenéis.

Cuando te das cuenta de que estás yendo justo por el «camino» que no quieres ir, cambiar de dirección, en realidad, es lo más natural.

Si ves que discutís por lo mismo, una y otra vez, que no llegáis a un punto de acuerdo, que estáis bloqueados/as en un punto, que no conseguís avanzar, que no sabéis qué hacer,…
Es el momento de dejarte llevar por tu «corazón».

A mi, las sorpresas, me apasionan, así que, yo os diría, que si ya se os ha ocurrido una «idea loca» sorprender al/a la otro/a, siempre es bonito y emocionante.
Haz algo loco, ten un gesto, la otra persona lo entenderá, al segundo.

Cuando estás inmerso en un círculo vicioso, no sólo las conversaciones giran en torno a lo mismo, sino que el ánimo de cada uno/a se empieza a «enrarecer», estáis a la defensiva, cada uno/a a su manera.
Las «pullas», los malosentendidos, las suspicacias, los «chinches», las miradas retadoras y desconfiadas, los silencios, las mismas frases y explicaciones y razones y excusas y «declaraciones de principios», las expresiones de desconcierto, tristeza, malestar, incluso desconfianza, todo eso va creciendo y multiplicándose como lo hace una «mala hierba».
Si no salís de ahí, sólo puede empeorar.

Uno de los «productos» resultantes de los círculos viciosos, casi indefectiblemente, es el desanimo, la tristeza, porque, en el fondo, sabemos que estamos cayendo en espiral hacia el fin, tanto de lo que teníamos, como de lo que podía llegar a ser.

¿Es eso lo que quieres?
¿Es eso lo que queréis?

Si os dejáis llevar por la desesperanza y por esos sentimientos, os garantizo que es lo que va a pasar.
Sin embargo, si hacéis algo, si os movéis, si retomáis el camino por el que ibais y querías ir, todo cambiará.
No inmediatamente, claro, un círculo vicioso puede dejar mucho dolor a su paso, mucho daño, muchas heridas.

Pero lo que es seguro es, que si no lo intentáis, nunca lo sabréis.

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Lo «mejor» que puedes hacer cuando tienes un «mal día» es…

¡Hacer una locura!

Aunque, la verdad… ¡Siempre es un «buen día» para eso!

Una locura de las divertidas, una locura de las «buenas», entiéndase.

Una de esas cosas absurdas y llenas de ilusión y valentía, que te hacen sonreír y que, al mismo tiempo, te parece totalmente descabellada.

Algo que habrás visto miles de veces en la típica «comedia romántica» o en una película de «aventuras», y habrás pensado: !Que maravilloso! ¡Que increíble!
¡Yo quiero eso!

La vida puede ser «justo» como tu la quieras: sorprendente, maravillosa, especial, divertida, llena de alegría, ilusión.

¿Cómo conseguirlo?

¡Echándole imaginación!

Y sino, como me dijeron una vez en una conferencia…
«Si no tienes «creatividad» para innovar, siempre tienes «inteligencia» para copiar».

Además, como dicen en una de las siguientes películas que os pueden servir de «inspiración»…
¿No son las «peores» ideas las «mejores»?

  1. El curioso caso de Benjamin Button
  2. La vida secreta de Walter Mitty
  3. Intocable
  4. Bajo el sol de la Toscana
  5. Jerry Maguire
  6. En busca de la felicidad
  7. Armas de mujer
  8. Begin again
  9. Up
  10. Eric Brockovich
  11. Come, reza, ama
  12. Baby, tu vales mucho
  13. Billy Elliot (Quiero bailar)
  14. Elizabethtown
  15. Love Actually
  16. Posdata: Te quiero
  17. Amelie
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A veces, todo lo que necesitas es…

Que alguien sujete tu mano y te diga: «Todo va a ir bien».
«Estoy aquí contigo, no estás solo, no estás sola«.

Hay momentos en que «no vemos la luz», momentos en los que no sabemos por donde tirar, cuál va a ser nuestro próximo paso, nuestro próximo movimiento.

Nos sentimos perdidos/as, confusos/as, desmotivados/as, tristes, abatidos/as, puede que incluso desesperanzados/as, sin duda, cansados/as.

La vida es una lucha, una lucha constante, y a veces resulta agotadora.

No es sólo que las cosas no salgan como esperas o que no obtengas los resultados deseados, es que a veces te preguntas: ¿para qué luchar tanto? ¿para qué seguir peleando?

No creo que haya una respuesta fácil, en estas cuestiones, de hecho, no suele haberlas.

Si bien es cierto que el sentido de esta vida, es vivirla, es la vida en si misma.
A veces, se nos queda corto.

Buscamos «algo más», algo que nos haga levantarnos de un brinco cada día, que nos llene de ilusión y alegría, y alimente nuestra esperanza y júbilo, por lo que está por venir.
Sin embargo, es lógico que, cuando no sabemos qué esta por venir, porque no alcanzamos a vislumbrarlo en la vorágine que nos encontramos inmersos/as, en este momento, la visión de nuestro futuro nos parezca yerma y esteparia.

Tener un proyecto, un objetivo, o varios, mantenernos en movimiento constante, revisar y considerar todo lo que tenemos y sentirnos agradecidos y bendecidos por ello, a veces no es suficiente.
A veces, hay «algo más», que nuestro corazón ansia.

Lo se, a estas alturas de año, todos/as necesitamos ya vacaciones.
Algunos/as afortunados/as están ya casi a las puertas, a otros/as nos queda todavía «el último empujón».
El cansancio puede abatirnos, y es entonces cuando necesitamos tomarnos nuestro tiempo para descansar, desconectar de todo y cargar pilas.

Como muchas tradiciones orientales ya indican, las respuestas se encuentran en nuestro interior, no en el exterior.
Por eso es tan importante que nos tomemos nuestro tiempo, para encontrar nuestras respuestas, porque por mucho que los demás lo intenten, no podrán darnos «la respuesta».

¿Qué hacer mientras tanto?

Disfrutar de todo lo que tienes, descansar, no meterte en «luchas y/o peleas» (ahora no es el momento), hacer lo que siempre te ha hecho sonreír, con las personas a las que quieres, compartiendo esos momentos, aunque ahora mismo no te hagan sonreír del mismo modo.
Y, sin duda, apoyarte en las personas que te quieren, su presencia, su apoyo, su mano en tu hombro, su abrazo, su compañía, sus whatsapps de «Buenos días», los emails con canciones divertidas,…
Todas esas pequeñas cosas a las que a veces no damos importancia, porque las damos por sentadas, por hechas, pero que tiene un poder mucho mayor del que puedas suponer.

El amor es la medicina más potente, más reparadora, más reconstituyente, más vigorizante, más ilusionante, más curativa y sanadora, que puedas imaginar.

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No tengo elección

Una de las creencias/frases clásicas del autoengaño, que tan bien se nos da a los seres humanos, y cuanto más inteligentes, peor.

Ya que supone que «vivimos» en una jaula, salvo que los únicos que somos capaces de «meternos» en esa jaula…
¡Somos nosotros/as mismos/as!

No tenemos más compromisos, más obligaciones ni más responsabilidades que los que nos marquemos nosotros/as mismos.
La ley tiene el poder de «obligarnos» a hacer algo que no queremos hacer, eso es cierto, sin embargo, aún en ese caso, podemos elegir no acatarla, desde luego, en caso de que nos neguemos, tiene consecuencias, pero aún así, podemos elegir.

Como digo siempre, yo elijo.

Siempre hay algo que podemos hacer, otra cosa es que queramos o vayamos a hacerlo, por sus consecuencias.

Mi «derecho asertivo» favorito es:
«El derecho a decidir no ser asertivo».

Precisamente por eso, porque yo elijo.
Lo que realmente nos hace libres es la información, para así poder elegir, no nuestras circunstancias.
Para «no ser asertivo/a» tengo que saber qué es la asertividad y cómo «ser asertivo/a», sino difícilmente voy a poder elegir.

¿Tiene consecuencias?
Por supuesto, yo no me engaño, las asumo, y sigo adelante, pero no me justifico, ni ante mi misma, ni ante nadie (o al menos procuro no hacerlo y «pillarme a mi misma», si es así, porque es un mecanismo de nuestra mente, y nadie está libre de él).

Si estoy haciendo la «gilipollez de mi vida», soy consciente de que la estoy haciendo (la mayoría de las veces, al menos), y no intento «racionalizar» por qué es la mejor opción o por qué no tengo otra opción (que podría hacerlo).
¿Que me voy a «caer con todo el equipo»?
Probablemente, pero… ¿Y qué?
¿A qué hemos venido a esta vida?

Las justificaciones sólo son excusas que nos «montamos» para hacer una cosa u otra, tal vez porque nos cuesta mucho simplemente decir: «lo hago porque quiero» o «no lo hago porque no quiero».

¿Qué pensarían los demás?
¿Qué pensaría mi amiga si le dijera que no la llevo al aeropuerto porque, sencillamente, no quiero hacerlo, porque no me apetece?

Ahora bien…
¿Qué vas a pensar tú de ti mismo/a por hacer algo que realmente no quieres hacer o por dar y darte «excusas» para no hacer lo que quieres de verdad?

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De tu cuerpo o de tu mente o de ti mismo/a.

A veces es necesario, como en el caso de los/as niños/as, nos ayuda a entender, precisamente, dónde está nuestro límite.

¿Y por qué o para qué «necesitamos» saber dónde está nuestro límite?

Porque, a veces, «forzamos» las cosas, yendo diametralmente en contra de nosotros/as mismos/as, una y otra vez.
Aguantamos el tirón, seguimos adelante, casi como autómatas, negando la realidad, negándonos a nosotros/as mismos, que es lo peor de todo.

Una vez que «reventamos», porque ya no podemos más, la realidad se nos muestra justo ante nuestras narices, esa realidad que no estábamos queriendo ver, o que estábamos aparcando porque no era lo correcto ni lo conveniente, en ese momento.
Muchas veces esto ocurre sin que nos demos cuenta, es sólo cuando llegamos al límite que nos damos cuenta de la «gilipollez monumental» que estábamos haciendo.

Pero, la verdad, ¿quién es perfecto?

Cuando llega ese momento, ya no hay más excusas ni explicaciones «razonables».
La realidad está ahí, junto frente a nosotros/as.

Lo que hagamos a partir de ahí, es cosa nuestro, obviamente.

Sería maravilloso no tener que llegar al límite para tomar medidas.
Pero, a veces, por no decir, muchas veces, necesitamos llegar ahí, al límite para… «empezar a mover el culo».

Es como la terapia, la gente piensa que empezamos a hacer terapia porque una bombilla se nos enciende.
La realidad suele ser otra.
La mayoría de veces empezamos la terapia porque hemos llegado al límite y explotamos, no podemos más, y vemos claramente la necesidad de hacer algo.

¿Has llegado a tu límite?
¡Enhorabuena!
Estás en el momento perfecto, en la casilla de salida para…
¡Mover el culo!

Publicado el por Cristina | Comentarios desactivados en Llegar al límite

Que haya pasado lo que haya pasado, y pase lo que pase, nos hacen sonreír.

¿Será su aroma?
¿Serán sus colores?
¿Será que dicen «lo siento» o «pienso en ti» o «buen viaje» o «te quiero» sin palabras?
¿Será que nos hacen entender que, precisamente, pase lo que pase, están ahí, para hacer de la vida y de este mundo, un sitio más bonito, en el que aún hay esperanza?

Se que es un tópico, un cliché, y por eso me encantan.
Como el bote de cristal con piruletas que tengo en el despacho, como los médicos de las películas.
Son para las «grandes» ocasiones, para los «grandes logros», y a todos/as mis pacientes, a todos/as, les hacen sonreír.

Alguno/a pensaréis, o incluso me diréis, que está es la típica entrada que he escrito desde la piscina, o algo así, porque no tengo tiempo y quiero publicar algo… 😛

Pero, lo que os quiero decir hoy, es:
Hay infinidad de cosas, literalmente infinidad de cosas, en esta vida que son capaces de sacarnos una sonrisa y devolvernos la esperanza, igual que hay infinidad de cosas, literalmente, que nos vapulean en esta vida y nos hacen caer.
Así que, como digo siempre: ¿Qué vais a elegir «las flores» o «la mierda»?

Y, por último, deciros que, si alguna vez os habéis planteado si es buena idea regalar flores o no a alguien, os voy a dar la respuesta:
Si, SIEMPRE.
Repito, SIEMPRE.

Publicado el por Cristina | Comentarios desactivados en ¿Qué tendrán las flores?

Pedir lo que quiero

En realidad, con decirlo, es más que suficiente.

Dítelo a ti mismo, a los demás, al Universo.
Es la intención, la voluntad, lo que cuenta.

Es un ejercicio de auto-respeto y auto-cuidado.
No sólo afecta a nuestra autoestima, nos afecta a nosotros/as mismos/as en toda nuestra globalidad y complejidad.

Al pedir lo que queremos nos damos el lugar que nos corresponde, legitimamos nuestros deseos, nuestra opinión, nuestro lugar en nuestro propio mundo, en nuestro orden de prioridades.
Al hacerlo ante los demás,
también les damos a ellos/as la oportunidad de tener la relación que ambos queramos.

Y todo esto, aunque finalmente no «consigamos» lo que queremos, porque el fin no es conseguirlo (al menos, no el único), ya que yo tengo derecho a «pedir», y el/la otro/a tiene derecho a «no dar».

El fin es escucharnos, ya que escucharnos a nosotros/as mismos/as abre una puerta.
La puerta a una relación saludable con nosotros/as mismos/as y con los demás.
Aparcamos los «jueguecitos», los dobles sentidos, los malosentendidos, en consecuencia.

Cuando digo lo que quiero, cuando pido lo que quiero, el Universo cambia, empieza a «conspirar a mi favor».
En realidad, el Universo ya lo sabe, pero tal vez tú no.
Vivir con los ojos cerrados puede parecer más «sencillo», pero la «facilidad» no es «felicidad».

Cuando estás alineado, cuando tu energía se sincroniza con la energía que mueve todo y a todos/as, algo cambia, algo muy significativo, por sutil que parezca.

Por supuesto, lo evidente también cambia.
Nuestras relaciones, del tipo que sea, cambian también, al mejorar nuestra comunicación, mejora también la relación, los límites están más claros, más definidos, tenemos una idea más clara de qué esperan de nosotros/as y de qué esperar de los demás.

Se que nos da miedo pedir lo que queremos porque «y si…»:

  • Los demás no entienden o aceptan o responden a lo que queremos.
  • No conseguimos lo que queremos.
  • Perdemos lo que «tenemos».
  • Presionamos y nos presionamos.
  • Piensan «mal» de nosotros/as mismos/as.
  • Pensamos «mal» de nosotros/as mismos/as.

Todo eso puedo pasar, está claro, pero, «y si…» no pedimos lo que queremos:

  • Renunciamos sin tan si quiera intentarlo.
  • No nos damos nuestro lugar, no nos respetamos, no nos aceptamos, no nos consideramos, no nos valoramos, no nos queremos y cuidamos.
  • Nos enfadamos con los demás y con nosotros/as mismos/as.
  • Nos frustramos, nos decepcionamos.
  • Estamos dolidos/as, resentidos/as.
  • No luchamos por lo que queremos.
  • Vivimos de forma incompleta, creamos un vacío.
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Hay personas que lo consideran «el peor estado del ser humano».

Y es que nuestro estado se podría definir de «locura transitoria».

Nuestro cerebro tiene tal «chute» de hormonas que es algo así como un «subidón de coca» que, precisamente por ese motivo, no puede durar, porque nuestro cerebro no podría aguantarlo.

Nuestro juicio se nubla, nuestra razón parece que se ha ido de vacaciones y nuestro «Pepito Grillo» simplemente ha desaparecido…

La vida se nos pone «patas arriba», todo lo que creíamos saber y conocer, ahora han cambiado, así, como por arte de magia.

Nos cuesta concentrarnos, nos cuesta pensar, nos cuesta tomar decisiones.

No podemos comer, no podemos dormir, no podemos pensar en otra cosa que no sea esa persona, como si tuviéramos una especie de desorden de la alimentación, del sueño y del pensamiento, todo junto.

¡Nos volvemos locos/as!

Y todo, ¿para qué?

Una pregunta difícil de contestar…
Adoro la película «El amor tiene dos caras».
En ella, en una clase de literatura cuya profesora es la grandiosa Barbra Streisand, sus alumnos/as dan todo tipo de razones: cuestiones culturales, biológicas, necesidades psicológicas que tienen que ver con la conexión con otro ser humano, la pertenencia, la aceptación, la aprobación…
Yo me quedo con la respuesta de Barbra Streisand… Porque, para mí, también son respuestas demasiado intelectuales…
«Aunque no dure, mientras dura… ¡Te sientes de puta madre!» (perdón por el taco).

¡Dejar de preguntaros tanto por las cosas y empezar a disfrutar!
¡El amor es definitivo!
¡Es lo que verdaderamente hace que la vida valga la pena!
¡Disfrutarlo!

Publicado el por Cristina | Comentarios desactivados en Estar enamorado/a

Llenar el «vacío»

Con comida, comprando zapatos, bolsos (lo que sea, en realidad), haciendo planes y planes, manteniéndonos ocupados/as cada segundo, de cada día,…
La lista podría ser interminable.

Sin embargo, nada llenará ese «vacío», nada será suficiente, si no entiendo de dónde viene.

Así que, ¿de dónde viene ese vacío?

¿Es soledad?
¿Es aburrimiento?
¿Es falta de afecto?
¿Es…?

Las personas somos seres realmente fascinantes.
Somos capaces casi de «cualquier cosa» para «tirar para adelante».
Una de esas «cualquier cosa» que utilizamos especialmente es el «autoengaño».
La otra son lo que yo llamo «sustitutivos».

Me explico.

Me he enamorado de mi amigo/a gay, y yo soy heterosexual.
Soy capaz de montarme cualquier historia, cualquiera, que justifique por qué tengo la relación que tengo con esa persona, y cómo hacerla cada vez más cercana e íntima, aunque eso me esté, en realidad, «haciendo polvo», con tal de seguir a su lado, de la manera que sea.
Es más, para «paliar» la frustración que siento y seguir con la espiral de «autojustificación», «echo pestes» de todas las relaciones que he tenido, y defiendo a capa y espada que, la relación que tengo con esa persona, aunque platónica, «es la mejor que he tenido en toda mi vida». («Autoengaño»)
Y cuando ya estoy llegando al límite, cuando siento que ya no puedo más, me lío a comer, por ejemplo, ya que no puedo «comerme» lo que realmente quiero. («Sustitutivo» ¿No se si me explico?)

Pensarlo bien.
¿Cuántas veces habéis hecho esto mismo?

Como no quiero discutir con mi pareja, por las consecuencias que pueda tener (o por el motivo que sea), tengo «fritos/as» a todos/as mis amigos/as contándoles la «última historia de terror» con mi pareja, en vez de solucionarlo con ella, con mi pareja, y tomar decisiones.
Deseo tener relaciones sexuales, pero no las tengo, así que me dedico a organizar la casa, casi de manera compulsiva.
Me aburro, me siento solo/a, en lugar de salir a conocer a gente, vacío la nevera y me enfado con mis amigos/as porque «nunca me llaman para hacer planes», y conmigo mismo/a por vaciar la dichosa nevera.
Estoy enfadado/a, frustrado/a, molesto/a,… En lugar de expresar mis sentimientos, compartirlos y buscar soluciones, salgo a correr como si me fuera la vida en ello, cuando, en realidad, ni si quiera me gustar correr.

¿Qué estamos haciendo?

Pensando en esto, siempre me viene a la cabeza una escena del «casi final» de la película: ¿En qué piensan las mujeres?
Mel Gibson ha «propiciado» el despido de la mujer de la que está enamorado, Helen Hunt.
Va dando vueltas por la casa, sujetándose la cabeza entre las manos, dudando de qué hacer, se siente culpable, abatido.
Y, en un momento determinado, abre la nevera y la mira de arriba a abajo.
Y entonces, dice en voz alta:
¿Qué estás haciendo? Ella no está en la nevera.
Y continua:
¿Debería ir a verla a su casa? No, es demasiado tarde.
Y entonces, con firmeza, resuelve:
¡Nunca es tarde para hacer las cosas bien!

Así que sale en su busca, y va a su casa.
Le explica lo ocurrido, y ella se enfada, claro…
El final no os lo voy a destripar, tranquilos/as, aunque esta película ya tiene la friolera de 16 años.

Pero, a lo que voy.
¿Realmente creéis que Mel Gibson habría encontrado lo que estaba buscando, en la nevera?

Dejar de dar vueltas…
¿Queréis llenar el vacío?

Dejaros de «sustitutivos», dejaros de «justificaciones».
Reconocer vuestro vacío, ponerle nombre.

Actuar y hacer lo que queréis hacer. ¡Llenarlo!

¡Os sorprenderá lo mucho que se vacía vuestro armario y lo llena que seguirá vuestra nevera!

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