¡Anatomía de Grey!

Unas frases de sus diálogos de la semana pasada que…
¡No me pueden gustar más!:

«…Puedes ser feliz y ¡te lo estás cargando!
Déjate de dramas y tírate ya a la piscina…

Y a ti, te digo lo mismo…
Te lías con un interno y te asustas porque va contra las normas…
¿A quién le importa eso?
¡A nadie!

¡Tenéis que espabilar!»

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Hacer daño a quien amo

En realidad, es algo con lo que puedes contar.
Porque la posibilidad de dañar a otro/a, le ame o no, es inherente al ser humano.

No venimos con manual de instrucciones.
No estamos en la cabeza de la otra persona, no pensamos de la misma manera.
No sentimos las cosas como las sienten la persona que tenemos delante.
No podemos «acertar» siempre y decir la palabra justa, hacer lo que el/la otro/a espera…

Lo único que está en nuestra mano, en realidad, es nuestra intención, nuestra voluntad y lo que hagamos con ella después, si hemos dañado a la otra persona.

Dicho esto, siempre es recomendable ponernos en el lugar del otro.
Sin embargo, eso no es garantía de nada.

Por mucho que queramos «hacer las cosas bien», por mucho que lo que nos mueva sea el amor, y no otra cosa, en algún momento, vamos a dañar a la otra persona.
Y como amamos a esa persona, nos va a doler el doble, porque nada está más lejos de nuestra intención que dañar a esa persona, de eso no hay duda.

Si eso pasa, lo único que te queda es aceptar lo ocurrido, mostrarle a esa persona tu amor, ser comprensivo/a con ella, estar a su lado (si es que quieres estarlo y la otra persona te acepta en ese lugar), aceptar lo que tenga que decirte, lo que tenga que hacer y, una vez más, pero no la última (porque cuando amas esa vez, nunca llega), mostrarle todo tu amor, porque con un «lo siento» no es suficiente, ni para ti, ni para la otra persona.

Amar es aceptar «el pack completo» que la persona es, que tú eres.
Amar es perdonar.
También dañar.

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Equivocarse

En mi opinión, no existe.

Hacemos lo que queremos hacer, luego conseguimos los resultados que esperamos o no, pero eso no significa que nos equivoquemos.

Cuando tomamos una decisión, lo hacemos en base a la información disponible, sea mucha o poca.
Teniendo en cuenta esto, tomamos la decisión que nos parece más «adecuada», podríamos decir que «mejor».

Sin embargo, no podemos saber cómo va a salir y qué puede pasar.

Tal vez le dimos más peso a unas «cosas» que a otras, pero sabéis qué… ¡No somos videntes!

La teoría del caos lo deja muy claro: no podemos predecir eventos complejos.
Ya que las variables que intervienen son tan numerosas y complejas que, de hecho, lo más probable es que no las estemos considerando todas, porque tienden a infinito.

Así que, teniendo todo esto en cuenta, cuando tomes una decisión, se consciente de que no puedes tener ni la más mínima idea de cómo va a salir ni de qué va a pasar (lo se, es muy frustrante, y todos/as tenemos cierta tendencia a jugar a ser Dios pero, queridos/as míos/as, esto es lo que hay, nos guste o no), y más aún, procura estar lo más seguro/a posible (dentro de las limitaciones que todo ser humano tiene, claro, porque nunca se puede estar cien por cien seguro/a de nada), porque la única certeza que podrás llegar a tener es que estás haciendo lo que realmente quieres hacer.

Puedes hacer un listado interminable de opciones, evaluar pros y contras y ponderar cada uno de ellos, pedir opinión a los demás, incluso a un/a experto/a, tomarte tu tiempo, recopilar información,… de hecho yo lo recomiendo.
Sin embargo, una vez más, eso no te garantiza el «éxito».

Escribiendo todo esto, recuerdo la anécdota que esta semana le contaba a uno de mis pacientes.
Hace unos años, cuando estaba decidiendo que coche iba a comprarme, mi padre (un hombre muy sabio), me dio el siguiente consejo: «Te compres el coche que te compres, elijas el que elijas,… ¡Que estés enamorada de él! Porque sino, si eliges otro porque es «más barato» o «más conveniente» o «más lo que sea», cada vez que haya que hacer una reparación, que algo no funcione, cada vez que lo cojas y lo conduzcas y no responda como quieres… No vas a hacer otra cosa que quejarte y renegar, no lo vas a disfrutar, porque realmente no es el coche que querías».

Creo que con esto ya, sobran las palabras…

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Lo más difícil que he hecho por amor

Es dejar ir a alguien que amo con todo mi corazón.

Amar no es poseer.
Eso es querer.
¿Sabéis la diferencia?

Los padres y las madres lo saben muy bien.
Aman a sus hijos/as hasta tal punto que les animan a volar, a encontrar su camino y su destino, aunque eso signifique que se alejen de ellos/as e incluso no se vean en meses.

Creo que amar, de por si, es lo más difícil de hacer, en realidad.
Es un acto de generosidad y gratitud tal que, como ya decía Mecano: «Amar es el empiece de la palabra Amargura».

No amamos a muchas personas en nuestras vidas.
Es un sentimiento, por tanto, al que no estamos muy acostumbrados/as.
Tan grande que nos desborda, y con el que muchas veces no sabemos qué hacer.

Tendemos a ambicionar, a acumular, a retener, incluso a manipular, sólo por nuestro propio interés, sea el que sea.
Por lo general, no hay maldad en ello, sólo egoísmo.

Cuando amamos, a veces, tenemos ganas de darnos de cabezazos contra la pared.
¿Por qué?

Porque somos plenamente conscientes de que «nos arriesgamos» a perder a la persona que amamos.

Sin embargo, a quien ama, las estrategias no le valen, no las usa, ni se lo plantea.
Quien ama quiere que la otra persona la elija cada día, no que permanezca a su lado por lo bien que «sabe montárselo».

Amar es lo más maravilloso que puede pasarte.
La pregunta es: ¿qué vas a hacer si eso te pasa a ti?
¿Te vas a arriesgar?

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Cuando se nos rompe el corazón…

Sentimos que una parte de nosotros/as muere, nos quedamos bloqueados/as, en shock.
No es sólo que no entendamos qué ha pasado, es que no sabemos qué hacer, por dónde tirar, por dónde salir, por dónde seguir.

Todos los planes que teníamos, las esperanzas, las ilusiones,…
Todo se desvanece, y no queda nada, nada a lo que agarrarnos, pero queremos agarrarnos, queremos agarrarnos con todas nuestras fuerzas.

A la negación le sigue la rabia, como en cualquier duelo.

Nos enfadamos por las promesas rotas, por las palabras que se ha llevado el viento, por los momentos en los que nos sentíamos tan felices que tocábamos el cielo y ahora nos han hecho caer de golpe, con un impacto terrible.
Nos enfadamos con la otra persona, por no apostar por nosotros/as, por no intentar solucionarlo, por no seguir amándonos, por no querer estar con nosotros/as.
Nos enfadamos con nosotros/as mismos/as por no haberlo visto venir, por no haber hecho las cosas de otra manera, revisamos cada detalle, cada situación, cada momento, en un intento desesperado de encontrar la respuesta, de averiguar qué demonios podríamos haber hecho de otra manera, para que esto no hubiera pasado (porque la negación vuelve a nosotros/as, por mucho que sepamos que ha pasado, que se ha acabado).

Y después llega la tristeza, ese vacío, esa oscuridad, que sentimos en el pecho, en el estómago, en cada parte de nuestro cuerpo.
Nos quedamos como anestesiados/as, como si al sentir tanto dolor nuestro cerebro y nuestro cuerpo simplemente desconectaran para poder sobrevivir al trauma.

Vamos como «zombies», no sentimos ni padecemos, sólo queremos que el día pase y el siguiente, y el otro, y el otro,… y que llegue el día en que volvamos a ser nosotros/as mismos/as, que volvamos a sentir, que volvamos a sonreír, y que el dolor sea soportable, que nos deje respirar, poder coger aire.

Miles de ideas inundan nuestra cabeza, corren en círculos sin sentido, una y otra vez, es casi obsesivo.
Buscamos respuestas incesantemente, algo que nos haga entender y superar lo ocurrido.
Pensamos en la otra persona constantemente y en lo ocurrido, intentando dar sentido a un sinsentido, algo que nos de la clave para el puzzle cuyas piezas han saltado en mil pedazos y que nos permita recomponernos, dar un nuevo sentido a todo eso que pensábamos y creíamos saber sobre el/la otro/a, sobre nosotros/as y sobre la relación que teníamos.
Qué pensamos ahora de la otra persona, qué pensamos ahora de nosotros/as mismos, qué vamos a hacer, qué actitud vamos a tomar, si vamos a llamar o a escribir o no, si vamos a contestar sus llamadas y mensajes o no, qué queremos, qué sentimos, qué pensamos de la relación que teníamos, si volveríamos a intentarlo o no, si la otra persona querrá volver a intentarlo o no, cómo vamos a contarlo, cómo vamos a superarlo, cómo vamos a seguir adelante con nuestra vida, cómo vamos a conseguir ser felices, otra vez.

Y las respuestas en nuestra cabeza varían según el momento.
Así que tenemos la sensación de que nos estamos volviendo «locos/as».
Todo pasa en décimas de segundo, vamos de una idea a otra y vuelta a empezar porque, en realidad, no encontramos respuestas que nos «convenzan», tan pronto lloramos como reímos, el caos nos ciega, el enfado y la tristeza se alternan anárquicamente, estamos en una montaña rusa que no para y nos marea, casi sentimos ganas de vomitar y dolor de cabeza por el esfuerzo que estamos haciendo, nos sentimos agotados/as, exhaustos/as pero no conseguimos dormir…

Lo único que queremos es que pare, por favor, que pare.

Y parará, en algún momento, parará.
Como dice el refrán: «no hay mal que cien años dure».
Pero, mientras dura, no vemos la luz, simplemente, no la vemos.

Al final, negociamos con nosotros/as mismos/as una especie de «rendición» y aceptamos lo que ha ocurrido, descubriendo nuestro nuevo yo.
Pero no os voy a engañar, lleva tiempo.
Y poco a poco, paso a paso, conseguimos seguir adelante, sin saber cómo, sin saber por qué.
Con mucho pesar, con mucha tristeza, con mucha nostalgia, pero seguimos…

Si realmente ha sido alguien importante para nosotros/as, recordaremos a esa persona toda la vida, a veces con cariño, a veces con tristeza, a veces con rabia, a veces con pena, a veces sin saber cómo y por la tontería más grande que puedas imaginar.

A veces nos quedamos «enganchados/as», no conseguimos avanzar, no conseguimos encajar el golpe y seguir.
A veces las heridas son demasiado profundas, duelen demasiado.
Si eso te ocurre, no dudes en pedir ayuda.
¡Mereces ser feliz, otra vez! ¡Y puedes conseguirlo!

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La madre de mis hijos

Esa mujer a la que buscabas hace tiempo y que, precisamente con el tiempo, tal vez se haya convertido única y exclusivamente en «la madre de tus hijos».

Las mujeres también utilizamos la expresión, claro:
«el padre de mis hijos».

Esa expresión siempre me ha llamado la atención.
Me llama la atención porque parece que estamos llevando a esa persona, a la relación con ella y a las expectativas que tenemos a «otro nivel».
Pero por lo que veo cada día en la consulta y fuera de ella, a veces precisamente lo que estamos haciendo es limitar a la persona, a la relación con ella y a las expectativas que tenemos a «un nivel».
Lo hacemos nosotros/as y lo hace la otra persona, es decir, se limita a sí misma a ese rol que desempeña con amor y entrega, y puede que con excesiva abnegación.

Un paciente me lo decía hace poco: «mi mujer se ha convertido en la madre de mis hijos».
Y, desgraciadamente, tal vez se haya convertido también sólo en eso, «en la madre de sus hijos».

Cuando usamos la expresión, no pensamos en eso ni mucho menos.
Ya que cuando la usamos, inicialmente, nos referimos a esa persona a la que no sólo amamos sino con la que nos planteamos el «mayor proyecto de nuestras vidas».
Una persona en la que confiar y compartir hasta tal punto, que una responsabilidad semejante tenga sentido, y se convierta en una bendición, gracias a estar compartiéndolo con esa persona, y no «en el mayor trabajo de nuestras vidas».

Tristemente, las obligaciones y responsabilidades que conllevan ese gran y maravilloso proyecto pueden cambiarnos hasta tal punto que se nos olvide ser nosotros/as mismos/as, dejando de reconocernos como personas y que cambiemos hasta tal punto que ni si quiera nuestra pareja nos reconozca tampoco.

Todos/as cambiamos, todo nos cambia, es una realidad y una seguridad con la que podemos contar.
Ahora bien, dejar de ser nosotros/as mismos/as, es otra historia.

A veces la relación de pareja desaparece para convertirse… en otra «cosa».
Y no es sólo por la falta de tiempo o de intimidad o de «mimos» o de cuidado, es que tal vez hemos evolucionado en una dirección y de una manera que los puntos en común con la evolución de nuestra pareja ya apenas «se tocan».

No siempre es así, pero en ocasiones ocurre.
Y cuando ocurre, es muy, muy doloroso, pero tenemos que enfrentarnos a la realidad, nuestra relación de pareja, de amor, intimidad, aceptación, comprensión, pasión y compromiso, con un proyecto en común, se ha convertido en una relación cuyos ingredientes son, simplemente, «diferentes».

Es posible que, en realidad, ciertos «ingredientes» ni si quiera estuvieran presentes anteriormente, y nos hagamos conscientes ahora, o tal vez hayan ido desapareciendo con el tiempo.
Como bien sabéis, no suele ser cuestión de blanco o negro.

Y no penséis que es sólo lo evidente.
Las parejas que pasan por un proceso de fecundación y no consiguen engendrar a su deseado y amado bebé, se enfrentan a esto también.
Es posible que la pasión y el compromiso sigan presentes, pero en muchos casos el proyecto común se desvanece, y la intimidad, aceptación y comprensión se ven debilitadas progresivamente.
No siempre es así, pero a veces ocurre.

Hago hincapié en esto porque no hay «modelos de predicción» de cómo va a evolucionar y desarrollarse una relación de pareja, ni los hay, ni puede haberlos, porque de hecho, la realidad nos sorprende a cada paso, y nosotros/as a nosotros/as mismos/as aún más.
No podemos saber qué pasará ni cómo afectará a la relación, por ejemplo: hay infidelidades que fortalecen la relación de pareja y hay otras que las terminan, depende de los casos.

Cuando nuestra relación cambia lo que es seguro es que «los términos del acuerdo» cambian también, explícita o implícitamente, puede que esos cambios lleven a la relación a «otro nivel» más profundo o simplemente a «otro nivel» contractual.
Sin duda, hablarlo con tu pareja os ayudará a definir realmente qué queréis y hacia dónde queréis ir, sea seguir, sea terminar la relación.
Y aunque sólo sea por el amor, respeto y el haber compartido todo lo que habéis compartido, vivido y experimentado, yo os aconsejo que tengáis esa conversación, por dolorosa que pueda ser, porque ambos y vuestra relación, se lo merece.

Si no sabes cómo tener esa conversación o necesitas asesoramiento, no dudes en pedir ayuda, merece la pena, al fin y al cabo, y como os digo siempre: ¡Es el amor (del tipo que sea) lo que mueve el mundo!

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Cuando te haces responsable de tus decisiones y elecciones, y por ende de sus consecuencias, vives a tu manera.

Ahora bien, ¿es que puede haber otra manera?

Si la vida y la felicidad son un camino, que en realidad no sabes a dónde te va a llevar, ¿cómo ser feliz andando el camino de otros?

¿Se puede ser feliz viviendo una vida que no es la que se quiere?

Puede que tu manera sea «acertada» o no, «exitosa» o no, pero… ¿a quién le importa?

¿Es que la vida es un concurso de talentos o de Trivial?

¿La mayor «puntuación resultante» gana?
Por cierto, ¿y qué gana?

Está claro que no siempre conseguimos los resultados que buscamos, pero eso sólo significa que hay que probar otra cosa, no es tan grave, ¿no?
Al fin y al cabo, no podemos controlarlo todo…

Muchas preguntas, lo se.
Pero es que, en este caso, como en muchos otros, lo que importa son tus respuestas, no las mías.

Yo sólo te voy a dejar un poco de banda sonora para esta reflexión:

Frank Sinatra – «My way»

«Siempre así» – «A mi manera»

«The Corrs» – «I do what I like»

Marc Anthony – «Vivir mi vida»

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La primavera que no acaba de «llegar»

Nos tiene a todos medio descolocados.

Llevo unas semanas observando que, con estos cambios de tiempo que estamos teniendo en la Comunidad de Madrid, andamos todos medio de cráneo, con un ánimo un poco bajo y sin saber muy bien por qué.

Una vez más, permitirme que os recuerde que somos «animales», eso significa, en este caso, que los cambios del tiempo nos afectan.

Nuestro cuerpo «nos pide» más actividad al aire libre, pero parece que el tiempo no se acaba de «decidir».
Dormimos peor, descansamos menos.
Nos encontramos cansados, desanimados y con la «necesidad» de hacer cosas, pero sin mucha gana de hacerlos en realidad.

Así que yo os voy a hacer algunas recomendaciones:

  • Regular vuestro patrón de sueño: en realidad, esta es una recomendación general que aplica a cualquier momento.
    No somos conscientes de lo tremendamente importante que es el sueño, pero es fundamental, ya que de él depende nuestro descanso, nuestra regeneración celular, que se asiente los conocimientos y experiencias en nuestro cerebro, que tengamos energía y «ganas» de acometer el día a día, etc.
  • Planear actividades al aire libre: no sólo las vais a disfrutar muchísimo, sino que además os va a ayudar a regular el patrón de sueño ya que, como animales, nuestros relojes circadianos necesitan de la luz para regularse.
    Así que procurar tomar el sol, salir a la calle, al menos 15 minutos al día.
  • Tomar alimentos ricos en nutrientes: os proporcionarán más energía y equilibrio.
    La fruta, en este sentido, jugará un papel fundamental, rica en fibra, hidratos y azúcares, así como líquidos, que además os irá introduciendo en el cambio de estación.
  • Aprovechar para retomar contacto con amigos/as y familiares que haga tiempo que no veis.
    Esta es la época en la que tenemos más actividades de ocio, así que… ¡Vamos a ello!
  • Vestir con colores más claros, con ropa más ligera y con las famosas «capas» para adaptaros a los cambios de temperatura.
    Además de ser una opción más cómoda, os animara.
  • Si aún no tenéis las vacaciones de verano organizadas, poneros manos a la obra.
    La expectativa de una «recompensa» que compartir y disfrutar os llenará de energía, ilusión y buen humor.
  • Sonreír: sólo porque hace un día precioso, sólo por todo lo que tenéis delante de vosotros/as, sólo por todo lo que está por venir, por los planes, las personas con las que compartirlos, sólo por la ilusión de disfrutar… ¿Sólo?
  • Cultivar vuestras fortalezas: ya sabéis que es el punto clave de la Psicología Positiva, pero además, en estos días, os ayudará a ver, experimentar y disfrutar de los mejor de vosotros/as mismos/as, a potenciar la felicidad, vuestra autoestima en general.
  • Dedicarle un tiempo a la naturaleza: sea vuestro jardín, vuestras cuatro macetas en la terraza o dar un paseo por el campo.
    Veréis todo lo que la naturaleza tiene para vosotros/as.
    Respirar hondo, concentraros en los olores y sensaciones.
    La vida, en estado puro, ese maravilloso regalo y fenómeno de la naturaleza está floreciendo ante vuestros ojos.
  • Celebrar los nuevos comienzos: eso representa la primavera, los nuevos comienzos, una vez más.
    Es extraordinario ver como la naturaleza se renueva, una y otra vez, explorando nuevas formas, nuevas opciones, nuevas posibilidades, que no tienen fin.
    Los nuevos comienzos representan a su vez nuevas ilusiones, nuevos caminos, nuevos proyectos… ¿Cómo no sonreír?
    Una «nueva felicidad» está a la vuelta de la esquina.

En realidad, ¡la primavera ya está aquí!
¡Disfrutarla!

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Las Prohibiciones

Sólo hacen que deseemos más y nos resulte más atractivo lo «prohibido».

Si algo se nos niega, lo deseamos más, nos genera más curiosidad.

Se que es muy difícil e incluso agotador explicar a nuestros/as hijos/as el por qué de las cosas, qué son y qué consecuencias tienen, de una forma «didáctica», pero creerme, el prohibir sin más puede llegar a tener efectos muy perjudiciales.

A todos/as nos dan miedo ciertas cosas.
Hemos tenido nuestras propias experiencias además de haber visto el efecto que tienen en nosotros/as mismos y en los demás.
Podemos llegar a creer, por tanto, que el no hablar de ciertas cosas será la mejor opción, proteger a nuestros/as hijos de esa realidad, para que no tengan que «pasar por lo mismo».
O tal vez mostrarles lo perjudicial que puede llegar a ser, de una forma un tanto «cruda», y que así «no tengan si quiera la tentación».
En ambos casos el resultado es el mismo, lo que generamos en nuestros/as hijos/as es miedo e incomprensión.

¿Es la manera en la que queréis que vivan vuestros/as hijos/as?

Por supuesto que eso de «predicar con el ejemplo» es necesario, pero no lo único.

Tener una relación de sinceridad, respeto, comprensión y aceptación con nuestros/as hijos/as es el mejor profiláctico, la mejor prevención.

Podéis contar con que van a tener dudas, que se van a encontrar en situaciones «comprometidas» en las que tal vez se vean presionados/as y tendrán que elegir.
¿A quién queréis que pregunten cuando eso ocurra?

Creo que los padres y las madres, al igual que los/as psicólogos/as, es aconsejable que estén preparados/as para hablar de cualquier cosa con la mayor naturalidad posible.
Y si no lo estáis en el momento, no tengáis problema en decirles a vuestros/as hijos/as algo así como: «es un tema importante hijo/a y quiero contestarte con la mayor información posible, lo hablamos mañana (o cuando sea, pero poner una fecha y tiempo concretos), ¿de acuerdo?».

Desde luego que habrá temas que os hagan «subir la bilis» de golpe, por peligrosos o por «absurdos» ya que tal vez lo hayáis hablado más de una y mil veces con ellos/as o simplemente os parezca inconcebible lo que os están planteando.
No importa, repetirlo todas las veces que haga falta.

Para aseguraros de que ha quedado «claro», pedirle a vuestro/a hijo/a que os lo repita con sus propias palabras, así podréis también aclarar cualquier duda que pueda quedar, explicarle además que vosotros/as también tuvisteis una duda parecida, qué paso, qué hicisteis, poner ejemplos, y dejar la puerta abierta para que os consulte cualquier cosa que necesite, cuando lo necesite.

Todo ayuda, no lo dudéis.
La información nos hace libres, libres para elegir y decidir en nuestra vida.

Recordar que estáis educando a vuestros/as hijos/as para ser seres humanos independientes que decidan por si mismos/as.

Si tenéis dudas de cómo hacerlo, no dudéis en consultarnos.

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