¿Por qué mentimos?

Me lo preguntan montones de veces en la consulta, con auténtico desconcierto y perplejidad.

Realmente nos cuesta entender por qué alguien nos miente, pero lo cierto es que todos, repito, todos, en mayor o menor medida, lo hacemos, mentimos.

Las “mentiras piadosas” (si es en lo que estáis pensando) están, relativamente, “bien vistas”, porque se supone que lo hacemos por “compasión”, por no hacer daño a otra persona, y eso nos parece deseable, “bueno”.

Ahora bien, cuando alguien nos miente en algo importante, es diferente.
Por no hablar ya de que no se trate de un hecho aislado, si no de una tendencia general, eso a lo que nos referimos como “mentiroso compulsivo“.

No nos damos cuenta que, como la violencia, “las mentiras llaman a más mentiras”.
Muchas veces sólo para poder mantener y respaldar la mentira inicial.

Hay ocasiones en las que las mentiras parecen tener un propósito claro, otras veces no… Lo que es claro es que responden a un interés personal, consciente o inconscientemente.

Ese interés puede ser proteger a otra persona o no hacerle daño, como decíamos, pero también puede ser dar una determinada imagen a otra u otras personas, que nos interesa que tengan de nosotros, por algún motivo en particular, desde conservar la idea de cómo creemos que nos ven los demás para poder así preservar nuestra autoestima y nuestro propio autoconcepto, a engañar a otra persona para conseguir algo que queremos.

He conocido casos de personas que mentían para conseguir un trabajo determinado, personas que mentían para poder mantener una relación de pareja, personas que mentían para no tener que pagar impuestos, personas que mentían para no tener que enfrentarse a sus parejas o a sus jefes o a sus clientes o a sus padres…

Si algo tienen en común las mentiras, de la primera a la última, es que son un reflejo de nuestra incapacidad, pero también de nuestro deseo de, no enfrentarnos a las consecuencias de decir la verdad, de ser quienes somos, de hacer lo que hacemos, de decir lo que decimos.

Y, al no enfrentarnos a esas consecuencias…
Las mentiras nos alejan de quienes somos y de cómo somos.

Creo que la mayoría de veces no nos damos cuenta de esto, no somos conscientes del altísimo precio que pagamos por mentir.

Y no es sólo traicionar la confianza de la otra persona y destruir esa relación, con lo importante que ya es esto de por sí, va más allá.
El mayor daño que hacen las mentiras es a nosotros mismos.

Porque al mentir, nos negamos a nosotros mismos, dejamos de ser las personas que somos, en un intento de complacer a los demás, de satisfacer las expectativas que tienen de nosotros, muchas veces, más bien, que tenemos nosotros mismos, para no decepcionarnos ni decepcionarles, para no tener que enfrentarnos a esa terrible realidad, en la que no somos las personas que creíamos ser.

Cuando una persona se siente “cómoda” con la mentira, nos desconcierta aún más, casi hasta el extremo.

No nos damos cuenta de que, tal vez, para esa persona, resulta más sencillo ser quien se ha inventado que es, que la persona que realmente es.

Hay personas que consideran que mentir es un acto de cobardía.
Yo pienso que es una expresión extrema de la falta de autoestima de esa persona, y el fiel reflejo de conflictos internos no resueltos, cuya raíz es tan profunda, que no le deja a la persona ser quien es, tal vez porque no se lo permitieron, cuando así lo quería, y en el intento de luchar por ser quien era, no lo consiguió, hasta que decidió dejar de luchar, porque ya no podía más.
Y eligió esta opción, que si bien tiene un coste altísimo, como os decía, le da la oportunidad de ser quien es, aunque sea a medias, y de espaldas a los ojos de los demás, al menos a la espalda de algunos.

En un mundo ideal, cada uno de nosotros somos las personas que somos, y no sólo nos sentimos orgullosas por ello, sino que además recibimos todo el apoyo, amor, compresión, aceptación y respaldo, que queremos y necesitamos.
Pero sólo, en un mundo ideal.

En el mundo real, hay actitudes, comportamientos, opiniones, maneras de vestir incluso, que no están bien vistas, y que de hecho, y aunque no hagan daño a nadie y se expresen desde el respeto a los demás, tienen “mala prensa” y suponen “pagar un peaje“, por cómo los demás creen que somos, ya que se infieren una serie de características o de valores incluso, detrás de esas expresiones de nuestra personalidad e individualidad.

Recuerdo mis primeras experiencias profesionales, recién salida de la universidad, y como me animaban, cuando no presionaban, a que fuera “de traje” a trabajar, y convenientemente maquillada, según los cánones de cómo se supone que “una profesional” va ataviada a trabajar.
Y, de la misma manera, recuerdo con mucha exactitud como, en mi última empresa (una empresa informática), mis compañeros comentaban que cuando en la oficina aparecía alguien “desaliñado”, con el pelo largo, vaqueros, calcetines blancos y chanclas, entonces estábamos delante de uno de los “gurús” a los que admirar y respetar, y honrar con más honores que a Gandhi.

¿Y si al gurú le apetece ir en traje o a mí en vaqueros?

Las mentiras nos atrapan, y tienen unas consecuencias funestas, nos cargamos nuestras relaciones, nuestra credibilidad, nuestros afectos, nuestra auto-imagen,… nos lo cargamos todo.

Pero, si me lo preguntáis, os diré que entiendo perfectamente por qué alguien, en un momento determinado, decide mentir, más aún, si lo hace como una pauta en su vida.

Ojo, que lo entienda no significa que los justifique ni que lo quiera en mi vida.
Pero entenderlo, lo entiendo.

No me gustan las mentiras, como creo que no le gustan a nadie, pero soy muy consciente de que para algunas personas, es la única manera que encuentran de poder ser quienes son, aunque sea “a medias”.

Cuando uno no se acepta a sí mismo, tal y como es, está en lucha constante, y no es una “lucha limpia”, es una “lucha sucia“, llena de rencor, de reproches, de resentimiento, de cólera, de ira, de auto-desprecio, de falta de amor por uno mismo, de decepción, de disgusto, de auto-flagelación, de odio a uno mismo.

Por supuesto, si algo de ti no te gusta, cámbialo.
Pero si no puedes cambiarlo, como tu altura, acéptalo y asume las consecuencias, seas las que sean.

Ni tú ni nadie se merece ese nivel de auto-destrucción y castigo.
Ni tú te mereces eso ni las personas de tu alrededor se merecen no tener la oportunidad de elegir si, siendo como realmente eres, quieren estar a tu lado o no.

Al fin y al cabo, cuando metimos, no sabemos si estamos consiguiendo lo que conseguimos, o manteniéndolo, por nosotros mismos o por la ristra de mentiras que hemos esparcido aquí o allá.

Y eso lo único que conseguirá será convencerte de la necesidad incuestionable de seguir mintiendo, para mantener el “tinglado” que te has montado.
Por eso os decía: “las mentiras llaman a más mentiras“.

En ese proceso de auto-destrucción, de eliminación despiadada de quién eres y de cómo eres, lo único que consigues albergar en tu corazón es rencor hacía los demás.

Si, rencor, y del más profundo, porque al final son los demás, al menos en tu mente y en tu forma de ver las cosas, quienes no te aceptan como eres, quienes te obligan a ser otra persona, y quienes aprecian a esa “otra persona” en la que te conviertes gracias a las mentiras, y no a la persona que realmente eres, y eso te parece absolutamente despreciable.

Pero al final, tú lo sabes.
Eres tú quien no les está dando a los demás la oportunidad de elegir si quieren estar a tu lado o no, porque lo que tienen es una proyección modificada y deformada por ti, según tu criterio y lo que tú supones que los demás quieren y esperan de ti, y eres tú también quien no acepta el hecho de que esas personas pueden aceptarte como eres y querer estar a tu lado, o no hacerlo.

Elegir ser quien uno es, tal y como es, con sus luces y sus sombras, sus cicatrices y sus fortalezas, es una decisión que cada uno toma, pero no es una decisión fácil, aunque parezca la más lógica, de lo que podéis estar seguros es de que no encontraréis la paz ni la felicidad, hasta que toméis esa decisión.

No habrá felicidad en vuestra vida hasta que no os deis permiso para ser quienes sois, seres únicos y extraordinarios.

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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