El Perdón…

Aunque la otra persona “no lo merezca”, y sobre todo si la otra persona, efectivamente, “no lo merece”, nos da a nosotros/as la paz que tanto deseamos y buscamos.

Perdonar es perdonar.
Sin excusas, sin condiciones, sin peros.

Me diréis: “No es tan fácil”.

Pero, en realidad, si que lo es.
No importa el daño que te hayan hecho, no importa las consecuencias que haya tenido, no importa cuánto tiempo haya pasado.

En el momento en el que perdones, podrás dejarlo ir.
Podrás pasar página, podrás seguir adelante.

Perdonar no implica entender por qué, ni comprender para qué, ni disculpar, ni justificar, ni mucho menos.
Perdonar implica aceptar que ha pasado lo que ha pasado, que ha tenido las consecuencias que ha tenido, que nos ha dolido, que no nos ha gustado, incluso puede que, aceptar que nos ha marcado, que nos ha cambiado. Y, simplemente, dejarlo ahí.

Cuando nos obstinamos en “no perdonar”, nos quedamos enganchados psicológica, emocional y físicamente.
Con una mezcla de sensaciones y pensamientos que van del daño a la “sed de venganza”, la necesidad de que se nos compense por lo ocurrido o se restablezca el equilibrio, se repare el daño.
Todo lo cual, trae de la mano rabia y enfado, suspicacia, desconfianza.
Y, aunque, es totalmente natural sentir todas esas emociones, lo que no tiene ningún sentido es quedarnos “enganchados/as” en ellas y hacer que sean el motor que nos guíe a la hora de vivir, de sentir, de tomar decisiones y de establecer nuestras relaciones.

Por eso, es uno de los motivos por los que no podemos “seguir adelante”.

Nuestro cerebro, además, está preparado (“programado”) para protegernos, si percibe que hay una amenaza (venga de donde venga, pasada o presente), pondrá todos los recursos en su mano para que lo resolvamos. Eso significa, seguir ahí, anclados/as en el dolor, en la rabia, puede que incluso en la culpa.

Os digo más, lo verdaderamente difícil, no es perdonar a los demás.
El auténtico reto, lo realmente difícil y, de la misma manera, lo realmente significativo y que marcará una gran diferencia en tu vida y en tu relación contigo mismo/a, será:
¡Que te perdones a ti mismo/a!
Hayas hecho lo que hayas hecho, hayas pensado lo que hayas pensado, hayas consentido o permitido o abierto la puerta o dado cabida en tu vida, a lo que sea que hayas consentido, permitido, abierto la puerta o dado cabida en tu vida.

¡Mereces tu perdón!
Es uno de los mayores regalos que te puedes hacer a ti mismo/a.

¡Perdona!
¡Perdónate!

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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