El Castigo…

¡Es la PEOR forma de aprendizaje!

Si me vais a preguntar si funciona…
La respuesta es si, “funciona”, pero a qué precio:

  • El efecto más directo, es que genera una terrible tristeza en nuestros/as hijos/as, disfrazada muchas veces de enfado.
    Dicho de otro modo, os podéis preparar para la tormenta, la rabieta está casi garantizada.
  • Perjudicamos la relación que tenemos con nuestros/as hijos/as.
    Al ser fuente de castigos y no de refuerzos, nos verán como “algo que evitar”, no “algo a lo que aproximarse y confiar”.
  • Dejamos una huella imborrable en su autoestima.
    Ya que el mensaje más directo que les damos a nuestros/as hijos/as cuando les castigamos es que lo que hacen está mal, y la regla de tres es directa, si lo que hago está mal, yo soy malo/a.
  • Perjudicamos también su auto-concepto, ya que la idea que va a tener de si mismos será negativa, y ello condicionará todo su comportamiento, así como su discurso sobre sí mismos.
  • Sus expectativas, de este modo, también se verán afectadas, ya que si la percepción que tienen de sí mismos es que “no hacen las cosas bien”… ¿para qué intentarlo? 
  • La razón por la que nuestros/as hijos/as nos “obedecerán” será el miedo, no porque se haya producido un cambio en ellos/as que aumente su motivación o su nivel de comprensión sobre lo oportuno de lo que les estamos pidiendo.
    Este es uno de los motivos por los que, para que “el castigo funcione”, ha de ser contingente, es decir, cada vez que ocurra la conducta, hecho o acontecimiento que “queremos corregir”, tenemos que aplicar el castigo.
    Os podréis imaginar que cuando hablamos de conductas o comportamientos muy frecuentes, eso se traducirá en que nuestro/a hijo/a se pasará los días, las semanas, los meses castigados/as.
    Multiplicar el efecto, por tanto, de todo lo que habéis leído hasta ahora y de lo que vais a leer más adelante.
  • Nosotros mismos nos sentimos tristes y dolidos.
    Todos lo sabemos, no es nada agradable castigar a nuestros/as hijos/as.
    Eso que decimos de que nos duele más que a ellos/as, no es sólo una forma de hablar, es una realidad.
  • No les damos una alternativa de conducta.
    Con el castigo, saben qué han hecho “mal” (suponiendo que se lo aclaremos a nuestros/as hijos/as, claro), pero no cómo hacerlo “bien”.
  • Además, si el castigo no es “proporcionado”, es decir, acorde con lo que han hecho, los efectos son aún más devastadores.
    La sensación de falta de control, de injusticia, de no saber qué hacer y por qué nos están “castigando tanto”, lleva a nuestros/as hijos, a demás de reforzar todo lo ya expuesto, les conduce a una conclusión adicional muy muy dolorosa…
  • Nuestros/as hijos/as pueden llegar a la conclusión de que no les queremos.
    Si os paráis a pensarlo, es totalmente lógico: si me quieres tanto como dices, ¿cómo es posible que me castigues con tanta dureza?

Teniendo todo esto en cuenta, si llegas a la conclusión de que no quieres seguir castigando a tus hijos/as, pero no sabes qué hacer, cómo gestionarlo para que las cosas cambien, no lo pienses más: ¡Llámanos!

Acerca de Cristina

Psicóloga Colegiada Torrejón de Ardoz
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